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martes, 01 de agosto de 2017

Hazte oír…decir absurdeces

Hace algunos meses surgió una polémica, con gran repercusión mediática, a raíz de una campaña en la que varios autobuses se paseaban por las ciudades españolas con consignas contra lo que ellos llaman “las leyes de adoctrinamiento sexual”, actualmente están pensando repetir las protestas, pero esta vez utilizando avionetas. Lo cierto es que no se trata de algo nuevo, pues ya asistimos a campañas similares hace algún tiempo, como aquella contra el matrimonio homosexual, o contra las leyes del divorcio en los años 80 del siglo pasado.

Normalización del colectivo LGTBI
Normalización del colectivo LGTBI

La cosa acabó, además de con una serie de parodias de los susodichos autobuses y sus mensajes, algunas de ellas bastante ingeniosas, con la prohibición de su circulación y la consiguiente apelación de los promotores de la protesta a la libertad de expresión. Como soy un firme defensor de la misma, me decidí a investigar un poco que es aquello que no les dejan proclamar a estos sufridos padres de familia.

Y, como es natural y sin demasiado esfuerzo, llegué a través de google a una especie de manifiesto-panfleto llamado las leyes de adoctrinamiento sexual en el que exponen sus objeciones a las actuales tendencias a la normalización del colectivo LGTBI. Puesto que estoy absolutamente en contra de todos sus postulados, empezaré por defender la única cosa en la que estoy de acuerdo con ellos: la libertad de expresión.

La única razón por la que he podido escribir este artículo estriba únicamente en el hecho de que ellos me han podido proporcionar los argumentos que voy a tratar de rechazar uno por uno. Tratar de silenciar al adversario no es más que una muestra de cobardía y debilidad, en especial en casos como este, en los que el único oponente es simplemente el dogmatismo más rancio, al que ya deberíamos estar más que acostumbrados, y que no debería presentarnos mayores dificultades, pues, por sus propias características y autolimitaciones, no es precisamente una forma de pensar muy apropiada para la buena argumentación. Para vencer al oponente la mejor opción es conocerle. De lo contrario, el debate se convierte en un diálogo de sordos en el que se habla de cualquier cosa menos del tema en cuestión.

Empecemos con el argumento que se refiere a la Naturaleza. Parece ser que existe algo así como un orden natural y una serie de normas impuestas por nuestra biología que demuestran que todo lo que se salga del sexo dirigido a la reproducción es contra natura y, por lo tanto, inaceptable como algo “normal”. Con esto la compleja sexualidad humana se reduce a una cuestión puramente animal. En realidad se trata de intentar colar un ser superior al que se le supone una voluntad hacia nosotros que debemos obedecer, que casualmente coincide siempre con la de los defensores de estas ideas. Las leyes naturales son simplemente inviolables, no se pueden desobedecer. Todo lo que se puede hacer es natural, y, si no, simplemente es imposible. Obviamente, no vamos a admitir este tipo de argumentos, porque no queremos permitirlo todo. En cualquier caso, España no es un estado naturalista.

En línea con el argumento naturalista está el recurso a la ciencia. Parece ser que existen una serie de estudios científicos que apoyan la tesis de que las tendencias LGTBI deben ser consideradas como un trastorno psicológico y no como un comportamiento “normal” del ser humano. Además, resulta que existen tratamientos para curar este trastorno y volver a la gente heterosexual, algo que, por otra parte, se ha venido haciendo desde siempre, todos sabemos cómo. Lo cierto es que, aunque en el documento existen multitud de enlaces a ejemplos de las arteras leyes de adoctrinamiento sexual, no he podido encontrar ni una sola referencia a ninguno de estos estudios.

Intentando buscarlos por mí mismo, encontré muchas noticias del tipo “un estudio científico demuestra…”, pero estudio, lo que se dice estudio, solo encontré este estudio sobre la homosexualidad, pretendidamente científico, pero que no pasa de ser cháchara filosófica con algunas definiciones de la homosexualidad para darle una apariencia de ciencia (al menos para ellos). También algunas entrevistas con psiquiatras lamentándose de que la homosexualidad se haya retirado de la lista oficial de trastornos mentales. Si las entidades superiores no cuelan, recurrimos al autoritarismo del tipo “no vas a saber tú más que los psiquiatras”, aunque ni siquiera la mayoría de los psiquiatras están de acuerdo con esto. Pero para que algo pueda ser considerado un trastorno o una enfermedad, debe suponerle algún tipo de sufrimiento o incapacidad al paciente. La homosexualidad por sí misma no lo hace, siempre han existido y existen homosexuales socialmente muy competentes y provechosos, pero, combinada con un determinado tipo de educación y entorno social, tiene una alta probabilidad de causarlos. De hecho, es algo que también les ha pasado siempre a los heterosexuales con su sexualidad, por lo que, científicamente hablando, sería más lógico buscar en dicha educación las causas del trastorno. Políticamente resulta también muy ventajoso, pues dejaría fuera de juego al colectivo LGTBI, redirigiéndolos a los CAP en lugar de a los parlamentos.

La cosa cambia en el caso de la transexualidad. Aquí está claro que existe siempre un problema, pues el cuerpo y la mente no concuerdan. Existe un tratamiento médico, con cirugía incluida, que permite de alguna manera corregir este problema y ayudar a estas personas a aceptarse. ¿Para qué complicarse y complicarles la vida tratando de convencerles de una realidad paralela?, ¿por qué tratar de ponérselo más difícil? La medicina está para eliminar o reducir el sufrimiento de los pacientes, no para llevarles por el camino recto en cuestiones morales.

Otra de las cosas que encontré en mi búsqueda de estudios científicos fue un montón de trabajos buscando el “gen de la homosexualidad”, parece ser que esta vez con el objetivo de encontrar algo que justifique su “naturalidad”. Yo entiendo perfectamente la curiosidad científica que lleva a buscar el origen de cualquier cosa. También que con la secuenciación del genoma humano se haya abierto una época de entusiasmo buscando el “gen de” todo lo imaginable. Pero ¿buscar una justificación biológica de la homosexualidad? En estos momentos la neurociencia todavía está tratando de desentrañar simplemente los principios del funcionamiento de la mente humana. No se puede buscar simplemente un gen y explicar con él algo tan complejo como nuestra psicología y nuestras tendencias sexuales, eso es puro reduccionismo. La ciencia no está para justificar nuestro comportamiento, sino, en todo caso, para entenderlo. La cuestión es que parece que no existe tal gen. Parece ser que el hecho de que no se pueda justificar científicamente la “normalidad” de la homosexualidad demuestra todo lo contrario. Yo creo que simplemente ni demuestra ni dice nada sobre el tema. No importa, España tampoco no es un estado científico.

Como con la ciencia no llegamos a ningún lado, pasamos a plantear la cuestión LGTBI como un tema moral, algo en la dimensión del bien y del mal. De nuevo aquí no hay que caer en la trampa de aceptar ese planteamiento como válido y ponerse a discutir sobre si está bien o mal ser gay. Da la sensación de que esto de aceptar o no la homosexualidad está planteado como una discusión entre heterosexuales, como grupo dominante, mientras el colectivo LGTBI espera expectante en el banquillo de los acusados nuestro dictamen sobre su situación en la sociedad. Nada más alejado de la realidad. El colectivo LGTBI está formado por personas que son tan ciudadanos como los heterosexuales. Si nosotros no aceptamos que nadie se inmiscuya con moralinas en nuestra sexualidad, tampoco debemos aceptar que se inmiscuyan en la suya. En cualquier caso, España no es un estado moralista.

Un tema que sale a relucir solo de refilón es la cuestión religiosa. Este es un tema donde, sin embargo, tienen toda la “razón” de su parte. En términos religiosos, la homosexualidad es un pecado, y lo es porque lo dicen las Sagradas Escrituras, no hay discusión posible. Sin embargo, parece que no tienen mucha fe en ese argumento y lo plantean como un ataque a la llamada “familia tradicional”, que por lo visto está en peligro y va a desaparecer con todo este despendole. Esto ya suena a cantinela paranoide. Cantinela porque llevan predicando su desaparición desde las leyes del divorcio (civil, por cierto), y paranoide porque resulta que nos la queremos cargar.

Por “familia tradicional” debemos entender matrimonio religioso entre un hombre y una mujer y con hijos. Los heterosexuales formamos familias heterosexuales desde siempre, y lo seguiremos haciendo en el futuro. Incluso los ateos se casan. Siempre han existido madres solteras, las parejas no casadas también pueden formar una familia, y siempre han existido parejas heterosexuales sin hijos. Parece ser que el revuelo se forma por el hecho de llamar matrimonio también a la unión civil entre dos personas del mismo sexo. No creo que sea necesario que les recuerden que el matrimonio religioso es un sacramento, lo que quiere decir que es una unión bendecida y sancionada por Dios (a través de la Iglesia, por supuesto) e indisoluble, mientras que el matrimonio civil es un simple contrato legal para sentar unas bases que permitan a los contrayentes acogerse a las leyes vigentes en caso, por ejemplo, de conflicto, o para recibir las ayudas derivadas del fallecimiento del cónyuge, o actuar en caso de incapacidad o enfermedad como representantes del mismo. Se trata de un fenómeno conocido técnicamente como polisemia. De hecho, un matrimonio también es un pincho de anchoas con boquerones, y jamás he visto a la Iglesia poner el grito en el cielo por tamaña atrocidad.

Todos conocemos, pues es ampliamente utilizado, otro caso de polisemia similar, al menos fonéticamente, que no ha puesto jamás en peligro otro sacramento, el de la eucaristía. Cuando los fieles acuden a comulgar, no lo hacen temerosos de lo que les vaya a hacer el sacerdote. La razón es muy simple: saben contextualizar. Por lo tanto, cabe suponerles la misma capacidad intelectual a la hora de diferenciar el sacramento del matrimonio del contrato de matrimonio civil (y, por supuesto, del pincho).

Podría ser que, con tantos malos ejemplos, teman que la gente pierda la fe y ya no se quiera casar por la Iglesia. Tampoco me convence. Basta recordar la gran cantidad de mártires de la religión torturados, quemados vivos, asados en parrillas, descuartizados y, en general, asesinados de la manera más vil para obligarles a abdicar de su fe, sin ningún éxito. ¿Acaso hubiera sido diferente si simplemente les hubieran invitado a una boda gay? ¿Qué los mártires son personas excepcionales y no cuentan? Pues recordemos entonces a los primitivos cristianos, cuando Roma todavía era pagana. Esos eran gente normal, y eran también perseguidos y cruelmente asesinados en el circo romano por los gladiadores o devorados por fieras salvajes. Recibían la muerte heroicamente, con estoicismo, incluso con una sonrisa en los labios, perdonando a sus asesinos. ¿Acaso hubiera cambiado algo si, en vez de tigres y leones, les hubieran soltado a la pantera rosa?

No, no cuela, quien tiene verdadera fe no la pierde por una nadería como esta, y nunca va a faltar a sus deberes religiosos solo por imitación. Además, España ya no es un estado confesional.

Pero esta gente no se arredra ante nada y no quiere dejar ningún frente sin cubrir, así que también presentan el asunto como un tema ideológico. Ideología de género, lo llaman. Se puede entender que alguien acostumbrado a acatar dogmas, que representan algo así como verdades absolutas, considere todo lo que se salga de los mismos como algo irrelevante, ¿y que hay más irrelevante que la ideología? Pero la ideología es algo que se decide y se cambia a voluntad. Una persona puede pasar de ser “de izquierdas” a ser “de derechas” de un día para otro sin mayor problema. Uno no “cree que es gay”, o transexual. Lo es y punto. Es algo bastante más profundo que la simple y superficial ideología. Supongo que, si eres heterosexual, simplemente hay que planteárselo pensando si tu heterosexualidad se puede reducir a ideología. Basta con observar como sientes tu condición sexual, y suponer que en el caso LGTBI sucede algo muy similar. Y todos sabemos que España tampoco no es un estado ideológico (¿o no?).

Pero, si España no es un estado naturalista, ni científico, ni moralista, ni confesional, ni ideológico, entonces, ¿Qué narices es? Pues es muy simple, España es un estado de derecho. Y esto significa que, en ausencia de una ética, moral o simplemente ideología común, nos regimos por las leyes y por las decisiones de los tribunales, que sí que son comunes para todos.

Y, por supuesto, la raíz de todas ellas está en la constitución. Como ellos mismos afirman al principio del documento, esta reconoce la igualdad de derechos de todos los españoles (artículo 14) y, por lo tanto, también del colectivo LGTBI. Aunque el panfleto está dedicado a lo que ellos llaman las “leyes de adoctrinamiento sexual” que, según ellos, están perpetrando las comunidades autónomas y, por lo tanto, a la educación de los niños, no pueden evitar referirse también a los derechos y libertades de los adultos, así que veamos primero este punto.

Parece ser que el colectivo LGTBI ya tiene los derechos que tenemos todos y, no contentos con eso, reclaman una serie de derechos extra hechos a medida solo para ellos. La sensación que da es de que si, por ejemplo, existe el derecho al matrimonio entre personas de distinto sexo, que por supuesto también tienen los homosexuales, el matrimonio entre personas del mismo sexo sería un derecho nuevo añadido que solo tendrían ellos. Esta forma de ver los derechos y libertades, como una serie exhaustiva de enunciados concretos y totalmente definidos, recuerda a los códigos legales de la antigüedad más remota, como el código de Hammurabi. En realidad, lo que se hace es generalizar el derecho y hacerlo extensivo a todos los modelos sociales a los que sea aplicable. El derecho al matrimonio está establecido en el artículo 32 de la constitución. Aunque habla del hombre y la mujer, no lo hace de manera que se entienda que solo existe el derecho al matrimonio entre heterosexuales. Posiblemente en aquellos días a nadie se le pasaba por la cabeza que algún día iban a existir uniones de parejas del mismo sexo, pero lo cierto es que ahora es algo habitual. Recoger todos estos contratos de convivencia bajo la misma figura jurídica es la mejor forma de garantizar la igualdad de derechos ante una situación que es socialmente equivalente. El matrimonio religioso puede tener como finalidad el tener hijos, pero el civil no, por lo que ni siquiera puede establecerse una diferencia en esos términos. En cualquier caso, aparte de que la adopción es legal para parejas homosexuales, nada les impide tener hijos biológicos.

Otro derecho que parece ser que no tenemos los heterosexuales es el de la visibilidad y normalización de nuestros modelos afectivos (sí, los homosexuales también se quieren). No existen cuentos, novelas, películas, series o anuncios en los que aparezcan parejas o familias heterosexuales, en los libros de texto jamás se menciona ni siquiera de pasada la posible relación entre un chico y una chica, y mucho menos el matrimonio entre ellos. Por supuesto, ni hablar de comentar o explicar algo sobre estos temas a ninguna otra persona, son un tabú férreamente perseguido por las leyes.

Digo esto porque parece ser que se pretende dar charlas sobre el tema de la normalidad del colectivo LGTBI ¡nada menos que a los padres! También a los maestros, personal sanitario, periodistas y, en general, a profesionales de todo tipo que, a pesar de ser adultos, parecen no tener criterio propio y se les debe considerar como simples autómatas programables. Hay que limitar la libertad de expresión para que no caigan en las garras de colectivos arteros como el LGTBI. Sin embargo, esta libertad está garantizada también en la constitución, en artículos como por ejemplo el 16, el 18 y el 20. Que una persona adulta pueda convencer a otra de algo mediante la exposición de ideas constituye la base de un estado plural, y no limita los derechos de nadie. De lo contrario, nadie podría hablar de nada que resultase mínimamente polémico.

Pero el centro de todas estas reclamaciones está en la enseñanza de esas ideas o realidades en los colegios a los niños. Parece ser que resulta necesario amordazar a toda la sociedad para que no reciban por ninguna vía ideas que puedan contradecir las creencias que los padres pretendan inculcarles. Lo cierto es que, en el artículo 27.3 de la constitución, se expone el derecho de los padres a que sus hijos reciban una formación religiosa y moral acorde con sus propias convicciones. Este sí parece un derecho hecho a medida solo para algunos padres, los religiosos en concreto, puesto que la homosexualidad, el comunismo o el conservadurismo, pongamos por caso, no son religiones. Quizás habría que llevar este punto ante el tribunal constitucional para que se eliminen los términos “religiosa y moral”, de manera que pueda hacerse extensivo a todos los ciudadanos sin distinción. Tampoco olvidemos que los niños también son ciudadanos, y tienen derecho al libre desarrollo de la personalidad, como se establece en los artículos 10 y 27.2, por ejemplo, y, por lo tanto, a conocer el mayor abanico de opciones posible de cara a poder hacer efectivo dicho derecho. Las leyes no son un self-service donde uno se sirve los artículos que le convienen y desecha todo lo demás. Se trata de un cuerpo normativo que pretende ser coherente, de manera que ningún derecho se puede considerar excluyente de todos los demás. Unos derechos constituyen los límites de otros. En una democracia se les supone a los ciudadanos responsabilidad en el ejercicio de los derechos y conocimiento de las leyes, al menos de la constitución, que está escrita de manera que pueda ser comprensible sin esfuerzo para todos (esa es una de las razonas para que existan “leyes de menor rango” que desarrollen los derechos fundamentales establecidos de manera sucinta en este texto, ejemplo de las cuales son las leyes educativas).

En cualquier caso, como parece absurdo eliminar de la educación cualquier referencia o mención a la familia o pareja de cualquier tipo, cabe la posibilidad de establecer una serie de clases “a la carta” para los temas controvertidos, como ya se hace con la asignatura de religión y la de ética, o como en algunas zonas de los estados unidos, donde los creacionistas tienen derecho a que a sus hijos no se les enseñe la teoría de la evolución de Darwin.

Quedan algunos temas menores derivados de las ideas principales expuestas que tengo que dejar de lado porque este artículo ya está siendo demasiado largo. Vuelvo a recomendar a todos leer sin miedo libros y documentos contrarios a nuestra forma de pensar, ya que son la fuente natural de argumentos para oponerse a las ideas que exponen. Los sistemas de pensamiento único y privilegios de unos pocos, vigentes durante siglos (incluso si quitamos el franquismo de la historia), han fracasado estrepitosamente y desembocado en una etapa liberal, plural e igualitaria. La libertad de expresión no consiste solamente en expresar y escuchar las ideas con las que estamos de acuerdo. No hagamos que este proyecto fracase también cometiendo el error de reproducir los mismos vicios que nos han hecho aborrecer el antiguo. Al fin y al cabo, son argumentos bastante pobres.

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