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sábado, 24 de marzo de 2018

El dogma y la razón

Resulta muy habitual contraponer el dogma y la razón. Pensamos que de los dogmas solo puede surgir el pensamiento dogmático, dominado por creencias indiscutibles, y que podemos desarrollar otro tipo de pensamiento, basado en los argumentos y en el razonamiento, mediante el que podemos justificar nuestras ideas y conferirles así una mayor legitimidad y veracidad.

Pero esto no es del todo cierto. En realidad, el dogma se encuentra en la base de todo pensamiento. Es imposible hacer aparecer a la razón de la nada. No estamos poseídos por un espíritu puramente racional que nos dicta argumentos desde el primer momento en que nos enfrentamos a una nueva situación o a algo desconocido. El ser humano es, ante todo, un animal biológico. Al igual que el resto de los animales, nuestra mente tiene una base irracional, formada por sensaciones y sentimientos, y esta es la que actúa siempre en primera instancia, surgiendo directamente de cada una de nuestras células, primero de manera inconsciente y, a medida que se va definiendo y amplificando, pasando a formar parte de lo que podemos hacernos conscientes al ser capaces de fijar nuestra atención sobre ello. De esta manera se forma nuestra consciencia, pero no directamente en forma de razones. Lo primero que aparece son las creencias, muchas veces en forma de intuiciones. Las creencias son sensaciones. Al ser humano le resulta imposible conocer la verdad absoluta, pues nuestra capacidad es limitada y no podemos procesar y almacenar la realidad en su totalidad y desde todos los posibles puntos de vista, por no hablar de las cosas que se escapan de toda posible observación. Lo que hacemos es utilizar el conocimiento del que ya disponemos, y que también está basado en creencias, para ir decidiendo el grado de verosimilitud que debemos conceder a las nuevas hipótesis, lo que va reforzando o debilitando nuestra sensación de seguridad sobre ellas. Esto acaba dando lugar en muchas ocasiones a un sentimiento de seguridad muy fuerte que convierte dichas creencias en lo que llamamos certeza, que es el máximo grado de creencia que se puede tener sobre algo. Sobre esta sensación podéis leer Sobre la certeza, de Wittgenstein.

La certeza, por supuesto, no es un criterio válido de verdad. Como el ser humano nace sin tener conocimiento sobre nada, no podemos alegar que nuestra certeza sobre algo está basada en un razonamiento verdadero y no en una mera intuición. Todo conocimiento presente en nuestra mente se ha ido elaborando sobre creencias e intuiciones. Es cierto que el desarrollo de la ciencia ha ido haciendo posible un grado de conocimiento sobre el mundo físico tan elevado en muchos aspectos que podemos considerar que estamos muy cerca de la verdad objetiva sobre muchas de estas cuestiones. Pero la actividad humana no se circunscribe a una mera observación de los fenómenos físicos. De hecho, a la mayoría de la gente le traen sin cuidado los aspectos más profundos y complejos de la realidad física. Nuestro mundo gira en mayor medida alrededor de cuestiones indecidibles sobre nosotros mismos, nuestra fantasía, nuestros sentimientos y nuestras relaciones mutuas. Las certezas sobre estas cuestiones son lo que constituye la base dogmática del pensamiento de cada uno.

Entonces, ¿somos todos dogmáticos en el fondo? En principio, parece que sí, pero aun así podemos utilizar el lenguaje de una manera más eficiente y seguir contraponiendo la palabra dogmático a la palabra racional. La diferencia entre el dogmatismo y el racionalismo no radica en la base dogmática de nuestro pensamiento, sino en el edificio que construimos sobre la misma y la capacidad que tenemos para modificar nuestras creencias e, incluso, nuestras certezas. O más bien la intención que tenemos de hacerlo si se dan las circunstancias apropiadas, ya que capacidad tenemos todos.

El dogmático se conforma con, o considera mejor, que la superficie de su pensamiento esté plagada de dogmas, como si de una coraza impenetrable se tratara. El racionalista prefiere construir sobre sus dogmas un edificio constituido por un entramado de razones y justificaciones. Con el dogmático no se puede discutir, con el racionalista si. Cada uno ve la forma de pensamiento del otro como una muestra de debilidad, el dogmático muestra temor ante las ideas de los demás, el racionalista no puede estar seguro de nada.

El dogma es la base de todo pensamiento
El dogma es la base de todo pensamiento

Esto reviste una gran importancia a la hora de discutir nuestras ideas con los demás. Mucha gente se sorprende de que sus estupendos razonamientos caen en saco roto ante personas aparentemente sensatas, o de que, a pesar de que el otro comprende las razones expuestas, continúa con su línea de pensamiento sin modificarla ni un ápice. Convencer a una persona que tiene las ideas claras y bien trabajadas para que las cambie se antoja una misión imposible hasta para los más hábiles razonadores. Esto es así debido al alto coste que tiene reestructurar toda la mente para adaptarla a un nuevo marco de pensamiento. Nuestra educación es laboriosa y no somos precisamente muy hábiles en su desarrollo. Las ideas en nuestra mente constituyen un entramado de muchas dimensiones, que además está ligado estrechamente con nuestras sensaciones y sentimientos. Nuestra personalidad dicta además la clase de preferencias que sentimos hacia determinadas creencias. Por otra parte, nuestra capacidad para expresar ideas mediante el lenguaje es muy limitada en comparación. Las ideas se expresan de una forma lineal, lo que dificulta mucho la transmisión y comprensión de los pensamientos más complejos, que suelen constituir las ideas más sólidas de que disponemos. Un pensamiento rico y coherente no se construye sin una gran cantidad de esfuerzo, representa además una justificación de nuestras preferencias personales, ¿por qué cambiar nuestras ideas, incluso por ideas más coherentes, que nos puedan descabalar toda la estructura?

Por todo ello, resulta a veces muy difícil, o incluso imposible, ponerse de acuerdo incluso con personas razonables. La razón no debe verse como una especie de arma con la que se puede vencer al contrario. En el fondo nadie se considera obligado por ella hasta ese punto, y creo que esta es la mejor manera de verla. Cuando discutimos y negociamos con otras personas tenemos que ofrecer algo más que una lógica impecable o argumentos supuestamente categóricos. Se trata realmente de un intercambio de utilidad, algo más cercano a la economía y el comercio que a la lógica. La razón es una forma de relacionarse, demuestra respeto por el otro. Dos personas con ideas contrapuestas pueden disfrutar simplemente confrontando sus respectivas posiciones con el fin (la utilidad) de reforzar sus respectivos puntos de vista, como si de un entrenamiento se tratara.

Creo que el dogmatismo no conduce a nada y perjudica la capacidad de relacionarse con los demás de manera positiva y productiva. Desarrollar al máximo nuestras habilidades racionales, aunque en el fondo no podamos estar seguros de nada y solo dispongamos de creencias como base, resulta una apuesta segura para poder desenvolverse con éxito en la vida y llevarse bien con los demás. Ser racional no te convierte automáticamente en una buena persona, pero creo que es indispensable para llegar a serlo, la sociedad, especialmente la democrática, siempre saldrá más beneficiada si está constituida por individuos racionales, capaces de llevar a buen puerto negociaciones pacíficas, que por cabezones dogmáticos cuya única salida a los conflictos está en la violencia y en la guerra, como demuestra fehacientemente la historia de la humanidad.

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