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viernes, 16 de marzo de 2018

Libertad de expresión o censura

Raperos, rockeros, tuiteros y en general todo tipo de fauna deslenguada y/o exhibicionista se encuentra en el punto de mira de las autoridades políticas y judiciales, que los persigue inmisericordemente con multas e incluso penas de cárcel por delitos como injurias o incitación al odio. Ante esta escalada de condenas, parte de la sociedad está reaccionando tachándola de atentado a la libertad de expresión y vuelta a los tiempos de la censura.

Aun siendo un firme partidario de una libertad de expresión lo más amplia posible, creo que no es algo que deba ser visto como un derecho, pues considero que su utilidad social en la mayoría de las ocasiones es más bien escasa o nula. Decir barbaridades u ofender a alguien o alguna institución con palabras, imágenes u otros medios no es algo que tengamos por qué defender, e incluso es algo que podemos reprochar e intentar desincentivar. El problema, a mi modo de ver, está en si y hasta dónde debemos permitir que se movilicen los recursos del estado y se desarrollen legislaciones para perseguir o castigar estos actos.

A lo largo de mi vida he sido testigo de los últimos años de la dictadura franquista, con continuos secuestros de publicaciones de prensa, el paso al sistema democrático, la explosión de libertad de los años 80, donde parecía que todo estaba permitido, y su progresivo enfriamiento, con la aparición del lenguaje políticamente correcto, que ha creado el clima propicio para el control del lenguaje y la judicialización actual de las, de momento, transgresiones más graves en su uso. También he podido conocer un mundo antes y después de internet, en el que la gente común ha pasado de ser simple espectadora a tener la posibilidad de convertirse en auténticas estrellas mediáticas de amplia difusión, con la consiguiente proliferación, junto con una notable pérdida de calidad, de los mensajes que circulan públicamente en la sociedad, y no solamente por parte de la gente común, parece que todo el mundo está bajando el listón, y el discurso político parece muchas veces más propio de adolescentes que de adultos bien formados.

Pero estos cambios son revolucionarios solo en apariencia. De toda la vida se han difundido como la pólvora los chistes y las canciones obscenas y groseras, sin necesidad de intervención de los medios de comunicación. Las ideas sexistas, racistas u homófobas han impregnado nuestra cultura hasta la médula sin necesidad de raperos o tuiteros que nos digan cómo debemos pensar. De hecho, a la vez que han crecido los medios para difundir estas ideas también lo han hecho los medios para combatirlas. Resulta un ejercicio muy sano y educativo que los propios ciudadanos se encarguen de esta tarea sin necesidad de la intervención de papaíto estado vendiéndonos su imprescindibilidad en la gestión de todos nuestros asuntos.

Es cierto que cada vez se ven y escuchan más estupideces y barbaridades, pero esto a la vez provoca que estemos más acostumbrados a ello y que lo podamos ir tomando como una especie de ruido de fondo. Ciertas manifestaciones culturales, como el cómic, el rock and roll o el punk han sido tradicionalmente desde su nacimiento transgresoras e incluso ofensivas. Han aparecido como reacción a lo que se consideraba un mundo autoritario, opresivo y puritano, y han aportado su grano de arena en la consecución de un mundo más liberal, inclusivo y diverso, provocando y ofendiendo a mucha gente e instituciones en su camino. Básicamente han demostrado, no que está bien ofender, sino que el mundo no se hunde por hacerlo.

Libertad de expresión o censura
¿Realmente es tan necesaria la censura?

La persecución judicial de estas expresiones puede entenderse en casos como el del enaltecimiento del terrorismo, porque puede ser un medio para convencer y reclutar posibles colaboradores, o la incitación al odio y la agresión a determinadas personas o colectivos. Ser acusado públicamente de un delito o sufrir un acoso personal también es algo que encuentro natural que se pueda llevar ante los tribunales. La frontera empieza a difuminarse cuando entramos en el terreno de las injurias y las ofensas.

Respecto a las injurias contra el estado o sus instituciones y representantes, la desproporción de fuerza entre el ofensor y el ofendido es tan grande que encuentro sencillamente ridículo que se tomen ningún tipo de medidas. Esto solamente transmite una sensación de debilidad o de abuso de autoridad.

Las injurias y ofensas a determinados colectivos dan lugar a agravios comparativos, si son solo unos pocos los colectivos defendidos, o a una extralimitación que puede rayar en el ridículo si son todos. Uno de los pocos colectivos para los que me parece fácil sostener una tutela judicial son las víctimas del terrorismo, pues han sufrido una tragedia por actos violentos dirigidos precisamente contra el estado. También existen colectivos contra los que tradicionalmente se ha ejercido, y se sigue ejerciendo, una violencia especial, como los homosexuales o las mujeres. Pero cuando entramos en terrenos que pertenecen al ámbito de la filosofía, como las religiones, la cosa me parece que ya se está saliendo de madre. Resulta que no solo existe el delito de injurias a la religión, ¡sino que también puede ser delito meterse con la falta de creencias de los ateos! Sinceramente, si tus creencias te hacen tan sensible a las ofensas, creo que lo mejor que puedes hacer es desprenderte de ellas. Me parece absurdo que unas ideas que te liberan del miedo a la muerte y te permiten soportar incluso terribles sufrimientos deban ser defendidas judicialmente contra el concepto particular del arte que pueda tener alguno o los tradicionales chistes para hacer rabiar a los curas. Y mucho peor me parece lo que estamos viendo, condenar a una persona por realizar un solo acto de este tipo.

Cambiar un tipo de puritanismo por otro es solo una operación de lavado de cara. Da la sensación de que la libertad solo nos sirve para encontrar maneras de limitarla lo máximo posible. Creo que, ante la posibilidad cada vez mayor de escuchar cosas que nos disgusten, debemos dejar de tener la piel tan fina y aprender a reaccionar a ellas oponiéndoles nuestra propia libertad de expresión, o simplemente ignorándolas para que no consigan la fuerza y la relevancia que les proporciona la publicidad y la atención. Para esto no necesitamos tutores ni leyes, sino cultura. No somos niños de parvulario que tienen que chivarse a la seño porque Carlitos les ha insultado. Hay que tener mucho cuidado con hasta donde permitimos al estado interferir en nuestros asuntos, por la tendencia natural que tiene a vendernos su intervención y la que tenemos nosotros a pedirle más y más cuando vemos que se atienden nuestras reclamaciones. No matemos moscas a cañonazos, gestionemos nosotros mismos nuestras libertades, o acabaremos perdiéndolas.

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