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jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Cómo se forma la consciencia?

A pesar de la cantidad ingente de trabajo y estudio que el ser humano ha dedicado desde siempre a intentar descubrir el origen del fenómeno que llamamos consciencia, éste se ha mostrado siempre escurridizo, incluso para la ciencia más avanzada. Uno tiene claro que posee una consciencia precisamente porque la tiene, creemos que las demás personas también, y, para el resto de seres vivos, nos resulta más difícil creerlo cuanto más simples los percibimos.

La consciencia tiene su origen en el cerebro
La consciencia tiene su origen en el cerebro

El caso es que una de las características del fenómeno de la consciencia que más complica descubrir y entender su origen es precisamente el hecho de que el único mecanismo que nos permite percibir nuestro estado de consciencia es la propia consciencia. Estamos acostumbrados a entender el mundo a base de cadenas de causa y efecto, pero la consciencia parece ser la causa de sí misma, lo que normalmente nos lleva a dar vueltas en círculo o a pensar que ésta aparece a partir de la nada.

Quizás el intento más antiguo de romper este círculo vicioso sea la introducción del concepto de alma o espíritu. El cuerpo es un simple receptáculo material animado por una entidad inmaterial. La consciencia aparece por la interacción de estas dos entidades y proviene principalmente de la parte espiritual, aunque no necesariamente se identifica con ella. Con esto parece que creamos una cadena causal que resuelve el problema, pero en realidad no hace nada más que complicarlo. Aunque, por ser material, podemos llegar a explicarnos el origen del cuerpo, con el espíritu estamos en una situación peor que la inicial. Al ser inmaterial y no pertenecer a este mundo, solo podemos estudiarlo por medio de la filosofía y darle cualquier explicación que se nos ocurra, pero nunca podremos descubrir su origen porque ninguna de estas explicaciones puede ser comprobada (a día de hoy, no sabemos hacer comprobaciones en otro mundo que no sea este).

Una línea similar siguió por ejemplo Platón, con su mundo de las ideas puras, de retazos de las cuales está formado nuestro pensamiento, algo que sintetiza en su mito de la caverna, expuesto en su obra La república. En este tipo de enfoques espirituales o idealistas, nuestra consciencia es algo así como la proyección de algo superior y trascendente, con infinidad de dimensiones, en nuestro pobre mundo material y tridimensional. Tenemos un origen superior o divino, al que podemos volver una vez que nos liberemos del peso y las restricciones del cuerpo. Esto abre una puerta a la esperanza, por ejemplo de una vida eterna y superior, que, como siempre, entra de la mano de la manipulación.

También es muy antigua la asociación de la consciencia con los sentidos. Podéis encontrar un estudio sobre los filósofos presocráticos y esta cuestión en El mundo de Parménides, de Karl Popper. La idea viene a resumirse en algo así como “nada hay en la consciencia que no haya estado antes en los sentidos”. Incluso se han llegado a plantear ideas tan extremas como la teoría de George Berkeley, expuesta en el Tratado sobre los principios del conocimiento humano, negando la posibilidad de conocer la existencia real de aquello que percibimos, que podría estar simplemente inducido por Dios en nuestros sentidos. Algo parecido a vivir en una especie de Matrix, en la que podría incluso existir sólo uno mismo.

Pero decir que la consciencia es simplemente la unión de todas las sensaciones que experimentamos no resuelve el problema de su origen, puesto que entonces debemos explicar cuál es el origen de esas sensaciones. El hecho de que exista la sensación de ser uno mismo o la voluntad no nos ayuda precisamente, puesto que no proceden del mundo exterior. Uno puede ser consciente de su propio yo, como si estuviera mirando su propia nuca, pero a la vez no puede dejar de sentir que su nuca está también siendo observada por ese mismo yo, en una regresión que puede llegar hasta el infinito.

Por todo ello, creo que intentar encontrar el origen de la consciencia en la propia mente y los fenómenos mentales es un trabajo inútil. Es algo así como intentar definir una palabra usando la propia palabra en la definición. La consciencia nos sirve para estar seguros de que la propia consciencia existe, y podemos identificarla con la mente, pero su origen tiene que estar en otro sitio, del mismo modo que el origen del agua no está en el agua misma, sino en las moléculas formadas por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno y sus propiedades fisicoquímicas.

Actualmente las teorías de un origen trascendente de la mente y la consciencia están completamente descartadas por la ciencia. En lugar de ello, la atención está puesta en algo que, por ser una parte, resulta inferior a nosotros: el cerebro y el sistema nervioso. Muchos investigadores consideran que el estudio debe extenderse a todo el cuerpo, pues sin cuerpo no existe la mente, y no existen sistemas nerviosos que puedan sobrevivir aisladamente. Pero, aun así, si separamos la mente del resto del organismo, éste no deja de ser sólo una parte del todo. Desde este punto de vista, la mente y la consciencia son consecuencia de los procesos eléctricos y químicos que generan la actividad de las neuronas, así como de su organización e interacciones. Se trata de un cambio radical, ya que ahora nuestro yo, en lugar de ser una forma degenerada de una entidad trascendente, resulta él mismo una entidad trascendente con respecto a aquello que le da lugar, unos simples componentes orgánicos sin voluntad propia ni mucho menos consciencia de sí mismos. La ventaja es que este sistema, por tratarse de algo que pertenece al mundo real y material, sí que podemos estudiarlo utilizando métodos empíricos, con criterios sólidos para seleccionar entre las posibles hipótesis planteadas, y construir teorías que nos vayan acercando lo más posible a desentrañar su funcionamiento. Quizás se pierda la esperanza de poder pasar a niveles superiores de existencia, pero la puerta sigue estando abierta para ella en temas fundamentales como la salud, la educación o el autoconocimiento, con la ventaja de que contamos con un portero que impide que con ella se cuele la manipulación: el conocimiento.

El problema es que esto no explica realmente el origen de la consciencia, tal como nos planteamos nosotros esta pregunta. Con cualquier cosa que pertenezca al mundo que nos rodea, el problema se reduce, efectivamente, a ir desgranando las partes y los procesos de los que está compuesta, y pararnos en el nivel en el que consideramos que ya no podemos o no necesitamos seguir ahondando, por ejemplo, en el nivel de las partículas subatómicas. No necesitamos tener un conocimiento absoluto de las cosas que nos son ajenas para comprenderlas o sentir que las comprendemos lo suficiente. Pero al tratar de la consciencia no nos estamos preguntando por algo ajeno, sino por lo que somos nosotros mismos. Importa el quién, no el qué. Cualquier explicación que diga, por ejemplo, que los sentimientos son el resultado de una serie de impulsos eléctricos a través de los axones de las neuronas disparados por la descarga de neurotransmisores en las sinapsis resultará insatisfactoria, porque deja sin responder la pregunta de quién siente esos sentimientos, que es lo que para nosotros es nuestra consciencia.

Es posible que la ciencia se quede corta para responder jamás esa pregunta de forma satisfactoria, puesto que su objetivo es comprender el mundo que nos rodea, no a nosotros mismos, pero existen posibles enfoques que no se alejan demasiado de lo que puede abarcar la ciencia y que nos pueden dejar en el umbral de la filosofía con un buen equipamiento de partida. En el próximo artículo sobre este tema trataré más de cerca sobre la posible relación entre la vida y la consciencia.

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