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viernes, 25 de octubre de 2019

Tsunami democrático

Antes de empezar este artículo quiero advertir, para que nadie se lleve un chasco, que no voy a hablar de Cataluña, ni de independencia, ni de esa especie de sociedad secreta homónima al título del post, de la que lo he tomado prestado por lo paradójico que resulta, al mezclar una de las fuerzas de la Naturaleza más destructiva que conocemos con el que se supone que es el más pacífico de los sistemas políticos que se nos han ocurrido hasta ahora. Así de paradójico me parece que es este sistema, si comparamos lo que pretende con lo que parece que realmente va a acabar consiguiendo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, la palabra democracia, no tiene un significado claro y completamente definido. Demo se refiere al pueblo y cracia al poder, pero que el pueblo ostente el poder puede ir desde la anarquía más absoluta, donde cada uno hace lo que le da la gana, hasta la aristocracia más utópica, donde todos los ciudadanos tienen una alta capacidad y preparación para entender y participar en la gestión de los asuntos públicos, de manera que el gobierno puede ser ejercido realmente por todos, y todos pueden gozar de una igualdad efectiva con fundamentos reales en lugar de simplemente teóricos. En algún punto intermedio entre estos dos extremos se sitúan las chapuzas cochambrosas hacia las que acaban derivando nuestros torpes intentos de instaurar un sistema tan complejo como es la democracia, con más aspiraciones que capacidad para cumplir con nuestros propios presupuestos, y parece que intenciones de llegar ser capaces de cumplir con ellos tampoco nos sobran. Me refiero a todos los sistemas del mundo que se llaman a sí mismo democracias, a ninguno de ellos en particular.

Desde bien antiguo se ha criticado a la democracia con el argumento de que conduce irremediablemente a la demagogia, que es su forma degenerada. Para saber en qué consiste la demagogia basta con ver la clase de política que hacemos actualmente, o más bien cometemos, a todos los niveles, basada en una ideología simplista y en atacar las emociones en lugar de la razón. Dese bien antiguo esa crítica ha sido válida y acertada, las democracias siempre han acabado degenerando y derrumbándose. Como remedio, se han utilizado los otros sistemas políticos: monarquía, dictadura, teocracia y todo eso. A todos sin excepción les acaba pasando lo mismo, todos terminan en su forma degenerada y se derrumban, por sí mismos o, ya debilitados, ayudados por el empuje de revolucionarios advenedizos que acaban repitiendo la misma historia una y otra vez. La lección que debemos sacar de todo esto no es la de que todavía no hemos dado con el tipo de organización social idónea. Creo que, con la clase de mentalidad que tenemos, sencillamente resulta imposible montar un sistema político serio que cumpla con los objetivos que nosotros mismos le vamos a imponer. No es el sistema, somos nosotros. Mientras no seamos capaces de darnos cuenta de esta cruda realidad, acabaremos fracasando siempre, montemos lo que montemos. Hasta los pequeños grupos que tratan de poner en práctica ideas alternativas acaban fracasando. No somos realistas, y eso nos pasa siempre factura.

El ser humano viene del mono, y parece que de una clase de monos con organización jerárquica, algo muy común en estas especies. Parece ser que nuestra organización política también viene del mono, pues su naturaleza simiesca se manifiesta en el hecho de que no sepamos escapar del establecimiento de jerarquías para montar cualquier cosa que montemos. Los monos lo tienen fácil, basta con un poco de postureo y algunos mamporros para establecer quien manda, y luego todos se someten tranquilamente hasta que algún aspirante logra derrocar al líder y redistribuye la jerarquía. El sistema no cambia, siempre es igual, solo cambia el mono que manda. A los monos les basta con el poder para establecer y mantener su sistema político, que es muy simple porque seguramente ellos no se plantean un mundo mejor, les basta con sus platanitos y sus parejas, y alguna buena trifulca de vez en cuando.

Al ser humano le sucede básicamente lo mismo, pero tiene un hándicap que lo estropea todo: la inteligencia. La inteligencia nos permite acabar aprendiendo muchas cosas sobre el mundo que nos rodea, nos permite combinar estos conocimientos para inventar cosas útiles, incluso nos permite inventar cosas que no existen en el mundo real, conceptos abstractos, como las matemáticas, los lenguajes o las leyes, pero también fantásticos, como los mitos, las leyendas y los seres que las habitan. La gente en general suele preferir estos últimos, pues resulta mucho más fácil adquirirlos y entenderlos, por lo que siempre han dominado en el mundo de la política, en el que unos pocos han tenido siempre que gestionar y manipular a muchos.

El tsunami democrático puede acabar siendo la propia democracia
El tsunami democrático puede acabar siendo la propia democracia

Esta capacidad intelectual tiene como consecuencia que al ser humano no le basta con el poder para sostener las jerarquías, necesita de otro concepto abstracto: la autoridad. La autoridad viene a ser algo así como la mezcla de varias virtudes en una sola persona: sabiduría, valentía, experiencia… A veces no nos basta con que el jefe nos sacuda un garrotazo para demostrarnos quién manda, quién tiene el poder, podemos exigirle además que esté legitimado para hacerlo, y eso significa exigirle autoridad. Como todos los conceptos abstractos, inventarse el concepto de autoridad es muy sencillo, casi trivial. Nada comparable con lo complicado que resulta en la práctica llegar a poseer esta cualidad. Es tan complicado que, hasta el día de hoy, nadie lo ha conseguido. Y nadie lo ha conseguid porque la autoridad es cosa de más de una persona, es algo que debe estar presente en todo el colectivo. No puede existir autoridad en una sola persona, los demás también deben gozar de algún modo de dicha autoridad para poder percibirla. Todos entendemos lo que es un garrotazo, y nos damos perfecta cuenta de que nos lo están dando, porque también nosotros sabemos hacerlo, pero, ¿cómo sabemos cuándo estamos ante una verdadera autoridad? Es como fiarse de un estudio científico sin entenderlo y sin ser capaces de diferenciar un verdadero científico de un cantamañanas. A día de hoy, todavía utilizamos estos dos términos, autoridad y poder, como si fueran intercambiables. Como también somos muy listos, usamos preferentemente el término autoridad.

Siguiendo con el mono, los primeros miembros de nuestra especie no debían de ser muy diferentes de sus padres y abuelos, por lo que su política debía consistir principalmente en intercambios de garrotazos. Como sus ancestros, los habría más o menos aguerridos o pusilánimes, así que nuestras sociedades se acabaron basando principalmente en la guerra y la conquista. Los dirigentes eran guerreros y generales y el resto, la gran mayoría, eran súbditos o esclavos. Supongo que para un mono, tener miles de plátanos no tiene ningún sentido, así que lo máximo que necesitan esperar de sus súbditos es que no les molesten y tener preferencia para aparearse con las hembras. El ser humano, sin embargo, es capaz de fabricar multitud de objetos, producir infinidad de alimentos, incluso de conferirle un gran valor a materiales tan poco útiles, pero escasos, como el oro. A nosotros, los súbditos y esclavos nos pueden aportar muchísimo más beneficio, bienes imperecederos que acumular, soldados con los que conseguir más. Tener bienes de este tipo en grandes cantidades se convirtió en símbolo de poder y de éxito. Todos acabamos ambicionando la riqueza, incluso los esclavos, pese a que su situación se debía principalmente a la codicia.

Incluso los asentamientos de tribus que podríamos considerar formadas por iguales o casi iguales, acabaron siempre generando este tipo de divisiones entre élites y súbditos. Los que primero llegaron, los fundadores, se repartieron la riqueza, las tierras. Al ir creciendo la población con el tiempo, la riqueza quedó acumulada en manos de unos pocos, mediante los mecanismos de la herencia y la usura. Todo esto dio origen a la forma de pensar dominante del ser humano: el conservadurismo.

El pensamiento conservador no se basa solamente en conseguir un estatus adecuado y luego negarse en redondo a que las cosas cambien, se basa también en otra característica fundamental y natural de los seres vivos: la costumbre. Nuestro organismo aprende aquello que hacemos habitualmente y acaba grabándolo a fuego en nuestro cerebro como una especie de automatismo, de manera que deja libre a la mente consciente para seguir aprendiendo cosas nuevas. No tienes necesidad de acordarte conscientemente de cumplir con tus costumbres, porque tu inconsciente te lo recuerda continuamente si es preciso. Cuando la costumbre es poco recomendable se llama vicio, y todos sabemos lo difícil que es dejar un vicio. Dejar una costumbre es muchas veces igual de difícil. No hay nada más difícil en este mundo que luchar contra las costumbres de los demás.

La costumbre dura lo mismo que la persona que la posee. Nuestras costumbres nos gustan tanto que nos las enseñamos unos a otros, creando de este modo una ilusión de inmortalidad en ellas que da origen a lo que llamamos tradición, que sería algo así como la costumbre de un colectivo, a diferencia de la costumbre de un individuo. Si la costumbre es algo que defendemos con uñas y dientes, no digamos ya la tradición. Una vez, en una noticia sobre Afganistán y la guerra contra los talibán, escuché afirmar a un anciano: “Vivimos como animales, solo nos quedan nuestras tradiciones.” Mi reflexión fue que, cuando lo has perdido todo, o no has conseguido nada, y solo te queda una cosa, quizás sea precisamente esa cosa la causante de todos tus males. Mucha gente considera sus costumbres como parte de su identidad, en lugar de como un simple producto de sus capacidades, algo que pueden cambiar cuando quieran. La tradición permite, por tanto, hacer que nuestra identidad dependa en parte de la identidad del grupo, y el grupo, como todos deberíamos saber, es un ente abstracto. El grupo necesita ser dominado, o dirigido, según se prefiera, por personas, y son por tanto estas personas las que realmente dominan tu identidad, o una parte de ella.

Los conservadores basan sus ideas en este tipo de mitos: el pueblo, la nación, la tradición… porque saben, y no esconden que lo saben, que si somos realistas la sociedad se viene abajo. Pretenden que podemos funcionar a base de mitos y de esconder o maquillar la realidad, porque nuestros sistemas son demasiado torpes y defectuosos como para examinarlos de cerca con ojos críticos. Pretenden crear autoridades y legitimidad de la nada, y conseguir que todos nos creamos la fantasía. Pretenden que todo lo bueno proviene de la tradición, y que el ser humano está realmente siguiendo un proyecto común y tiene un objetivo colectivo compartido por todos. Después de leer una buena cantidad de libros de historia, yo observo un panorama muy diferente. Veo mucho egoísmo, mucha codicia, mucha estupidez y mucha mezquindad, mucha incompetencia y muy poca de esa grandeza que otros se empeñan en ver en el pasado. Desde luego no veo ningún proyecto en común, sino muchas versiones del mismo proyecto enfrentadas unas a otras, normalmente de manera sangrienta y cruel. No encuentro ninguna legitimidad en la historia para fundamentar nada, aunque la recomiendo como una base muy sólida para entender la política. Me refiero a toda la historia, igual que me refiero a la política de verdad, no solo a la que nos interesa.

Todos somos conservadores en el aspecto político. Queremos conseguir un determinado estado de cosas basado en mitos, y cuando lo consigamos queremos que permanezca vigente el mayor tiempo posible. No somos capaces de implementar la autoridad que nos legitime, así que, o bien hacemos como que la tenemos, si con eso basta para llegar a ponernos de acuerdo, o utilizamos la fuerza, el poder, no necesariamente de manera violencia, para intentar conseguir nuestros fines, legitimándola sobre el mito que más le convenga a nuestra causa, que suele ser realmente la causa de nuestros líderes, que probablemente sí que saben darle una finalidad práctica distinta a la idealista realmente declarada.

Resulta un tanto paradójico hablar de soberanía popular, de leyes que emanan del pueblo, y a la vez considerar que la opinión pública consiste solamente en votar y en protestar. Recuerda a esa máxima tan famosa del despotismo ilustrado: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo.” Sabemos lo que nos conviene, así que podemos elegir a nuestros representantes. Después, nuestros representantes legítimos no nos hacen ni puto caso y van a lo suyo, así que tenemos que arrancarles las cosas por la fuerza y mediante la presión y la coacción. Como si fuéramos monos, que solo están capacitados para emplear la fuerza para conseguir sus fines. Entonces, o bien son ilegítimos esos fines, o bien son ilegítimos nuestros representantes. Y si son ilegítimos, también lo es nuestra capacidad de elegirlos, y, por lo tanto, el propio sistema, pues no se puede delegar o transferir lo que no se tiene. El truco está nuevamente en el mito: ningún individuo tiene por sí mismo esa legitimidad, solo la unión de todos, “el pueblo”, la tiene y, como el pueblo realmente no es nadie, a ver cómo demuestras que no la tiene. Ventajas de la metafísica sobre la física.

Esto no es algo que solo fomenten esa panda de descerebrados que son los antisistema, cuyas actuaciones tienen más éxito en hacer bueno al sistema que las de los propios gobernantes. Se trata de algo que se fomenta también desde las mismísimas alturas. Siempre viene bien poder sacar a tus huestes a la calle contra tus oponentes, y todo el tiempo que la gente emplea en preparar y efectuar sus movilizaciones es tiempo que pierden en la formación de una verdadera capacidad política. Para esto, además, se necesita mucha información, que hay que saber cómo tratar, así que, todo lo referente a la trasparencia de los datos y cuentas públicas brilla por su ausencia. Las administraciones se resisten con uñas y dientes a soltar datos. Si acaso permiten a algunos investigadores autorizados a acceder a algo de información, pero nada más.

A la gente, como se suele llamar a todo aquel que no tiene ningún poder, también le viene mejor este sistema. No hace falta estudiar mucho, las consignas son facilitas, y casi siempre riman. Las noticias de la tele, y aún mejor, las de las redes sociales, son suficientes para estar bien informado. Para los que se atreven con los libros, existen numerosos manuales que excitan nuestros sentimientos viscerales con ideología barata, recompensándonos por el tiempo gastado en leerlos. En parte esto está justificado, cada vez disponemos de menos tiempo libre y el mundo cada vez es más complicado, pero solo está justificado en parte. Quién algo quiere, algo le cuesta. No basta con las intenciones y los deseos. Incluso la tecnología, lo único que hemos sido capaces de desarrollar como especie de manera continuada y exitosa, parece que se está volviendo contra nosotros, al no ser capaces de adaptarnos a su vertiginoso ritmo de crecimiento.

Nuestros conceptos de democracia actuales están fundamentados en la revolución francesa, una revolución tan asesina como cualquier otra, que engendró la declaración de derechos del hombre; en la declaración de independencia de los EEUU, basada en ella, y que fue elaborada y firmada entre otros por algunos esclavistas; en la más moderna declaración de los derechos humanos, elaborada a raíz de una guerra cuyo estallido ayudaron a causar muchas de las flamantes democracias vencedoras de la misma, con una torpe e incompetente combinación de medidas demasiado duras y demasiado blandas, una guerra que vencieron aliadas con una de las dictaduras más crueles y sanguinarias de la historia, la de Stalin, de la misma manera que, actualmente, muchos de nuestros aliados comerciales son países que violan sistemáticamente nuestros sagrados principios. Hay que tener mucha imaginación para ver tanta virtud en un sistema como este, la verdad. No sé qué haríamos sin los mitos.

Somos la única especie capaz de darse verdadera cuenta de lo que sucede a su alrededor, y por lo tanto también la única realmente capaz de hacer como que no lo ve. Nadie te puede hacer igual a los demás, solo tú puedes hacerlo; lo mismo sucede con la libertad, con el conocimiento, con la experiencia. Nuestras democracias son solamente sistemas de transición a lo que sería una democracia ideal, que sería la democracia que nos creemos, o queremos creer, que ya tenemos. Es un error haber empezado proclamando a los cuatro vientos que la hemos conseguido, porque entonces, como es lógico, nadie hará nada para intentar conseguirla, y mucho menos con todas las trabas que se nos ponemos unos a otros para poder conseguir hacerlo, con la excusa de estar defendiendo precisamente un sistema que todavía no tienes. No sabemos construir la autoridad que legitime nuestro sistema, como tampoco el de ningún sistema de transición. Todas nuestras leyes y normas se deben hacer con un ojo puesto en el abuso, lo mismo sucede con todos los puestos públicos de responsabilidad, la corrupción está a la orden del día a todos los niveles, no hace falta que esté generalizada, con unos pocos ya basta: si el 99% de la gente recicla correctamente la basura, pero el 1% la tira en el cubo que le da la gana, todo el sistema fracasa. Al pueblo, esa entelequia sagrada, no se la puede criticar, es un tabú, es anatema. Solo se puede criticar a sus representantes, que se convierten en el centro del sistema, hurtando a sus supuestos protegidos la imprescindible herramienta de la crítica. Mucha gente ya se comporta como una especie de nueva nobleza casposa. Una especie de señoritos caprichosos que creen que ha llegado su hora de disfrutar de los placeres de la vida por simple derecho natural, que creen que basta con querer algo para estar legitimado para reclamarlo con exigencias.

Creo que el auténtico tsunami democrático va a ser precisamente la propia democracia. Un sistema que acabará arrasando consigo mismo víctima de sus propias debilidades, contradicciones y tensiones internas. Si vamos a ir más a lo nuestro que otra cosa, cómo parece ser desde siempre la tónica general de la humanidad, yo apostaría por algo más inteligente que el intentar arrancarnos las cosas los unos a los otros. Siendo más realista te adaptas mejor al mundo, y si estás mejor adaptado, también te ganas mejor la vida. Yo gano dinero suficiente, no he heredado nada, no tengo amigos influyentes, me he pagado la formación trabajando en cuanto he podido, que ha sido relativamente pronto, no abuso de nadie ni robo nada para conseguir lo que gano, solo he conseguido hacerme más elegible que otros para conseguir trabajo. Si quieres fantasía, tienes libros, películas y series, incluso tienes muchas drogas dónde elegir. No te hace falta un titiritero o un ventrílocuo para moverte por la vida o para hablar por ti. Eres un ser humano, haz que se note.

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