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viernes, 24 de mayo de 2019

El problema de los exámenes

Los exámenes quizás sean el elemento más estresante del sistema educativo, a la vez que son imprescindibles para evaluar la eficacia tanto del trabajo del profesor como del alumno. Existen infinidad de métodos para medir el rendimiento del proceso de aprendizaje, lo que convierte los procesos de evaluación en uno de los temas centrales de la polémica actual que existe alrededor de la educación y su necesaria reforma.

Yo no doy clases a nadie, por lo que no puedo hablar el diseño de una evaluación sobre lo que se enseña a otras personas, pero si me dedico y me he dedicado siempre a estudiar bastantes cosas por mi cuenta, soy lo que se dice un autodidacta, por lo que sí tengo que evaluar constantemente lo que estoy aprendiendo. Entiendo que la evaluación no puede significar lo mismo para el profesor que para el alumno, puesto que ambos ven cosas diferentes: el profesor es un adulto responsable que se supone que tiene un conocimiento de lo que está haciendo que va mucho más allá de lo que se está evaluando, tiene que valorar y medir tanto el rendimiento del alumno como la efectividad de su propio trabajo; el alumno, por su parte, debe usar la evaluación para tratar de comprobar su propio avance. La valoración del alumno es subjetiva y la del profesor objetiva, ambos cuentan con conocimientos y percepciones diferentes de lo que está sucediendo, por lo que se puede dar el caso de que en realidad estén interpretando dos cosas diferentes al analizar el mismo examen.

Los exámenes tienen muchas limitaciones. Por un lado, existe un tiempo finito para realizarlos, por lo que la extensión de las preguntas y sus correspondientes respuestas no puede ser mayor de la razonable para ser contestada en el tiempo disponible, teniendo en cuenta que algunos alumnos necesitarán más tiempo que otros; la cantidad de preguntas suele ser reducida por este mismo motivo, lo que hace muy difícil seleccionarlas de manera que realmente reflejen apropiadamente el grado de conocimiento de la totalidad de los examinados. El hecho de que no todos tendrán el mismo nivel, ni se interesarán por las mismas partes de la materia en la misma medida, complica todavía más el asunto: un examen muy exigente y riguroso probablemente provocará que prácticamente toda la clase suspenda, algo que, aunque técnicamente puede tener sentido, políticamente es inadmisible; un examen demasiado fácil, por otra parte, solo evaluará a los alumnos de más bajo rendimiento, lo que es políticamente admisible, pero técnicamente inoperante.

Un número escaso de preguntas en relación a la extensión del tema puede provocar que alumnos que tienen un conocimiento aceptable del temario suspendan o aprueben el examen sin que esto refleje realmente su grado de conocimiento de la materia. Aumentar el número de preguntas puede reducir este sesgo, pero las limitaciones de tiempo imponen que el aumento del número de preguntas se haga a costa de su dificultad y la extensión de las respuestas. Las respuestas extensas que desarrollan un tema favorecen que el alumno pueda demostrar su comprensión y dominio del tema incluso aunque cometa algunas incorrecciones, mientras que las respuestas cortas y concretas o las de tipo test favorecen la memorización frente a la comprensión. Lo óptimo, al menos para mí, es que la memorización sea una consecuencia de la comprensión y el uso, no un objetivo de la educación. Lo que se usa se recuerda, lo que no, se olvida, así es como funciona nuestro cerebro. A medida que la posibilidad de poseer libros ha ido aumentando, y más acentuadamente aún con el auge actual de las tecnologías de la información, guardar cosas en la memoria que no se van a utilizar realmente ha ido perdiendo el sentido que podía tener en el pasado, y la insistencia en ello tiene que ver más con la tradición que con una verdadera necesidad técnica.

Aunque los exámenes son también en teoría una herramienta para que el alumno supervise su propio rendimiento, la realidad, como de costumbre, funciona de manera muy diferente. La mayoría de los alumnos, o al menos eso es lo que recuerdo de mis tiempos de estudiante, ven la educación reglada o bien como una imposición que realmente no va con ellos, o bien como un mero trámite para cumplir con la sociedad y poder acceder a un trabajo remunerado. Esto hace que lo único que realmente les interese de un examen sean las notas que han sacado, y si han pasado ya el trámite o no y se pueden olvidar del asunto para siempre. Solo cuando te importa realmente lo que estás aprendiendo te interesas por las explicaciones y el análisis de lo que has hecho bien y mal en el examen, algo que no tengo claro en qué medida puedes obtener puesto que en mi vida me he reunido con ningún profesor para comentar mis exámenes. Es curioso, porque me interesan infinidad de temas, algunos muy complejos, pero nunca me ha interesado la escuela, el instituto o, incluso, la universidad.

Algunos alumnos se desesperan ante un examen
Algunos alumnos se desesperan ante un examen

Los alumnos desmotivados también prefieren las preguntas que se contestan a base de recordar elementos simples, lo que se llama la memorieta. Me consta, porque he utilizado muchas veces la técnica, que pegarte una panzada a “estudiar” el día antes del examen funciona y sirve para aprobar. Ningún profesor te dirá que esto es aprender, pero si el examen lo posibilita, posiblemente su diseño no sea el adecuado.

El sistema educativo tiende a ser excesivamente académico. Es bastante apropiado para formar a profesores y posiblemente a investigadores teóricos, pero funciona de una forma que es bastante diferente a cómo funcionan las cosas en el mundo que está fuera de la escuela. En la escuela se te evalúa de manera que estás solo ante el peligro, solo puedes utilizar tus conocimientos y posiblemente algún elemento auxiliar como la calculadora; en la vida diaria, sin embargo, cuando tienes que hacer uso de tus conocimientos dispones de una cantidad de recursos que hoy en día podría calificarse de ingente. Cuando trabajo en un proyecto tengo que hacer continuamente búsquedas de información en internet y consultar libros de todo tipo para poder alcanzar los objetivos. En mi tiempo libre pasa lo mismo. Yo soy programador informático, pero también me interesan los temas “de letras”, entre ellos, la historia. He leído un montón de libros de historia, pero el caso es que, a la larga, todo lo que leo se me va olvidando, y solo me queda un vago recuerdo de que en cierto libro se hablaba de ciertos acontecimientos. Si quiero hacer uso de esos supuestos conocimientos adquiridos, tengo que releer el libro, al menos la parte que me interesa. He leído muchos libros clásicos de historia: Tucídides, Tito Livio, Julio Cesar, Cicerón, Demóstenes, Plutarco, y un largo etcétera, pero posiblemente no pasaría un examen de historia de bachillerato si tuviera que basarme solo en lo que guardo en la memoria. Lo mismo sucede con temas que tampoco utilizo profesionalmente: bioquímica, neurociencia, física, matemáticas, economía, filosofía, todos son temas que me interesan y que leo o estudio continuamente, pero sin la posibilidad de consultar en algún sitio quedaría fatal en cualquier examen de nivel medio sobre alguno de estos temas.

El caso es que yo he realizado exámenes en la facultad en los que podías utilizar lo que quisieras: libros, apuntes o incluso ordenadores. La clave está en diseñar bien las preguntas, y no es nada fácil responderlas correctamente si no dispones del conocimiento básico necesario para recabar la información que necesitas. Este tipo de exámenes es mucho más realista, y ese conocimiento básico que necesitas para poder funcionar de esa manera es el que se supone que se enseña y se evalúa, solo ante el peligro, en la escuela. Por lo tanto, resulta esencial determinar el tipo de conocimientos y competencias básicas que se deben incluir en la enseñanza obligatoria. La capacidad de enfrentarse con éxito a problemas difíciles utilizando todos los recursos a nuestra disposición depende de estas competencias básicas. La calidad del sistema educativo y la idoneidad de sus programas se pueden evaluar por este tipo de resultados. Analizando qué es lo que falla en los adultos cuando se enfrentan a estas situaciones también se puede averiguar qué es lo que sobra y qué lo que falta en el currículo básico de la enseñanza obligatoria.

Por último, cuando alguien está realmente interesado en un tema, la autoevaluación es de gran utilidad, y conviene aprender a diseñarse uno mismo proyectos y problemas en los que se pueda poner a prueba el trabajo de aprendizaje que se va realizando a lo largo de la vida. Este blog, por ejemplo, es un sistema de control y de autoevaluación de cuestiones que voy trabajando para aumentar mi conocimiento sobre el mundo en el que vivo. El examen consiste en sentarme ante el ordenador, proponer un tema, y desarrollarlo del tirón de forma improvisada. Es posible que una de las mayores carencias del sistema educativo sea precisamente que enseña demasiadas respuestas predeterminadas y muy poco a hacerse preguntas interesantes para hallar las respuestas por uno mismo.

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