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viernes, 13 de julio de 2018

El mito del pacto social

El pacto o contrato social es una idea recurrente a lo largo de la historia usada para explicar y, sobre todo, para justificar, el surgimiento de las diferentes formas de sociedad y las normas por las que se rigen. Aunque existen innumerables versiones, el esquema básico de todas ellas consiste en establecer una determinada fuente de autoridad, de la que emanan las normas y leyes a las que se someten el resto por mutuo acuerdo.

Como ejemplos de diferentes versiones de pacto social, podemos citar a Thomas Hobbes, con su Leviatan, en el que la autoridad está representada por un monarca absoluto, John Locke, en Dos ensayos sobre el gobierno civil, que establece la autoridad en el parlamento, o El contrato social, de Jean-Jackes Rousseau, donde el tipo de autoridad es variable en función de las circunstancias de la comunidad. Es curioso porque, aunque con el pacto social se justifica casi cualquier forma de gobierno que se nos pueda ocurrir, todas las versiones parten de la base de que todos los seres humanos son, en principio, iguales por naturaleza, al menos en el momento de nacer, lo que les da el mismo derecho a establecer este contrato que, por lo tanto, es siempre legítimo.

Pero, para poder establecer un pacto, previamente debe no existir lo pactado, así que lo habitual es suponer, o directamente inventarse, un estado previo de naturaleza en el que cada persona va a lo suyo, con todos los problemas que eso conlleva. Durante siglos, la guerra ha sido la tónica habitual de todas las civilizaciones, seguramente era muy raro, o directamente imposible, encontrar a una persona que no hubiese participado en o sufrido al menos una guerra a lo largo de su vida, así que, en muchas versiones del pacto social, este estado primigenio de naturaleza tenía como consecuencia un estado de guerra continua de todos contra todos. Para evitar esto, la gente se asocia de manera pactada para pasar a formar un colectivo, acuerda unas normas de convivencia y decide concentrar el poder de hacer cumplir estas normas en una forma u otra de gobierno. Es decir, en lugar de ponerse de acuerdo para no guerrear los unos contra los otros, se ponen de acuerdo para juntarse en diferentes grupos más o menos numerosos que se harán la guerra unos a otros, ayudados por las armas que construirán gracias a la colaboración mutua, que harán la guerra mucho más eficiente. La idea no es mala, es más fácil sobrevivir de esta manera que en solitario, si la naturaleza humana hace inevitable la guerra.

Sin embargo, para Rousseau, la naturaleza humana es diametralmente opuesta. En el mundo previo al contrato social todo es paz, amor y armonía, las personas son inocentes y carentes de malicia. Pero hete aquí que descubren que colaborando pueden conseguir más cosas que solos, lo que les hace empezar a poseer cada vez más y más cosas y, claro, surgen las envidias, los celos y la codicia, lo que acaba haciendo necesario la creación de leyes y un gobierno que se encargue de hacerlas cumplir, que tendrá que ser más o menos liberal en función de la cantidad de personas a gobernar.

Para reflexionar sobre lo acertado de esta visión de un mundo de seres humanos que viven de manera independiente unos de otros hay que remontarse a nuestros ancestros más antiguos: los monos. Hay que tener en cuenta que todas estas teorías filosóficas sobre pactos sociales son anteriores a la teoría de la evolución de Darwin, por lo que todas suponen que el hombre fue creado por Dios tal cual era entonces. Pero ahora sabemos que somos fruto de la evolución a través de diferentes especies. Nuestro ancestro no humano más inmediato es algún tipo de simio, y lo cierto es que compartimos muchas características con ellos. La organización social y política, como muchos otros comportamientos, debe derivar por tanto de la de nuestros ancestros.

Como ejemplo de especie formada por individuos aislados unos de otros tenemos hoy en día a los orangutanes, mientras que los chimpancés forman grupos de individuos organizados jerárquicamente. No parece que los orangutanes estén en guerra continua unos con otros, ni que estén muy por la labor de asociarse para formar comunidades más grandes. Además, nuestro ADN es mucho más parecido al de los chimpancés, por lo que es razonable suponer que nuestros antepasados se parecían más a estos últimos y, por lo tanto, nuestras organizaciones sociales son una herencia simiesca más que el fruto de alguna genial idea surgida en los tiempos de las cavernas. La clase de política que hemos venido implementando desde que existen registros históricos así lo sugiere, al menos. Nuestros modelos sociales siempre han sido jerárquicos y lo siguen siendo todos sin excepción.

El siempre traicionado pacto social
El pacto social es violado sistemáticamente por todas las partes

Lo de que todos nacemos iguales es algo que muchos queremos creer. Esta igualdad quiere decir más bien equivalencia que identidad. Con unas condiciones de desarrollo similares y óptimas, quizás podríamos tener una sociedad de iguales. Pero estas condiciones ni se dan ni parece que tengamos la menor idea de cuáles pueden ser o de cómo implementarlas, por lo que esa supuesta igualdad en el origen acaba siempre en una desigualdad manifiesta. Como las negociaciones y los pactos no están en manos de los bebés sino de los adultos, la cuestión es que ninguno de ellos se realiza en condiciones de igualdad, por lo que su legitimidad deja mucho que desear, si queremos basarla en la igualdad de los pactantes.

Las jerarquías también son una fuente de problemas a la hora de considerar que, en algún momento del remoto pasado, se ha establecido uno de estos famosos pactos. Nuestros sistemas políticos son todos elitistas. La sociedad siempre ha estado dividida en una élite poco numerosa y que concentra el poder y la riqueza y la mayoría restante, que es más heterogénea y debe conformarse con repartirse las sobras, algo que tampoco se realiza de manera equitativa, pues dentro de esta mayoría también se establecen jerarquías. En un principio, la élite gobernaba de manera absoluta, el resto eran siervos o esclavos y debían obedecer. El pacto, si es que lo había, consistía en una promesa por parte de la élite de encargarse de la buena gestión y de cubrir las necesidades de los súbditos, que a cambio prestaban sus servicios a la comunidad desarrollando los trabajos que la élite no estaba dispuesta a desempeñar o que simplemente requerían un número de trabajadores demasiado numeroso. Por parte de los súbditos, había que obedecer y seguir las directrices marcadas.

Pero todas estas convivencias entre grupos demasiado desiguales siempre terminan en conflicto. Aparte de las diferentes necesidades y preferencias que inevitablemente producen las diferentes situaciones vitales, existen creencias incompatibles, vicios como la pereza, la envidia y la codicia, personas más agresivas o dominantes, por no hablar del desconocimiento que acaba teniendo cada grupo acerca de los otros, que genera malentendidos, ofensas y fricciones que llevan al enfrentamiento. Los pactos, supuestos o reales, entre gente demasiado desigual, siempre acaban en conflicto. Una o varias de las partes los viola o acaba pensando que el resto los han violado, o ambas cosas a la vez. Por otra parte, parece que pretendamos que estos pactos sean eternos. Si los pactos se realizan entre iguales, ¿qué son entonces los descendientes de estos iguales que firmaron el pacto, y que no han firmado nada en ningún momento? Por poner un ejemplo real: la Constitución Española se votó en 1978 y esto es lo que le da legitimidad. Si en 2060 no se hubiera vuelto a votar ninguna vez más, no quedaría vivo nadie o casi nadie de los que la aprobaron. Para todos los ciudadanos sería realmente una imposición. ¿Podríamos decir que sería entonces igualmente legítima? Yo creo que es una cuestión por lo menos discutible.

Esto de los pactos sociales es simplemente un mito socialista. El individuo por sí mismo es incapaz de convivir con los demás y necesita formar sociedades renunciando a parte de su libertad, que no sabe utilizar de forma inteligente, en favor de unos individuos que, mira tú por donde (ya que todos somos iguales), saben cómo hay que organizarlo todo para que funcione como es debido. La sociedad es superior al individuo, aunque, de momento, solo en la teoría.

El ser humano no es un ser social porque pacte nada con nadie. Somos sociales por naturaleza, porque está escrito en nuestros genes. Dos amigos no escriben un contrato de amistad con las reglas a seguir, son amigos porque les gusta el comportamiento mutuo que desarrollan entre ellos, independientemente de cuales sean las motivaciones que impulsan a actuar a cada uno. Lo mismo sucede con dos personas que se enamoran, o que simplemente colaboran juntas en un proyecto de trabajo. Para ser capaz de convivir con los demás de forma productiva y sin conflictos graves solo es necesario el desarrollo personal, la adquisición de recursos propios que hagan innecesario aprovecharse del prójimo. La ingeniería social no funciona porque todo lo que hacemos depende de nosotros mucho más que de las normas que establecemos, y que seguimos o no de manera arbitraria y creativa. O mejoramos todos y cada uno de nosotros, o la sociedad nunca mejorará, por muchos sistemas sociales y pactos que nos inventemos.

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