Este sitio utiliza cookies de Google para prestar sus servicios y analizar su tráfico. Tu dirección IP y user-agent se comparten con Google, junto con las métricas de rendimiento y de seguridad, para garantizar la calidad del servicio, generar estadísticas de uso y detectar y solucionar abusos.Mas información

Ir a la página de inicio Contacto RSS
jueves, 15 de junio de 2017

Mi opinión sobre la violencia

Puesto que considero que la violencia es y ha sido siempre uno de nuestros mayores problemas, me referiré a ella en este blog en repetidas ocasiones. Los antiguos sumerios utilizaban una especie de rodillos para grabar en sus tablillas los textos largos que se repetían frecuentemente, como la interminable lista de alabanzas al gobernante. Este texto servirá como una especie de “rodillo sumerio” de referencia para dejar clara mi postura en todos los lugares donde haga referencia a esta cuestión.

El problema fundamental de la violencia
El problema fundamental de la violencia

En primer lugar, comenzaré por definir los límites de lo que yo considero violencia. En esto soy bastante restrictivo y solo considero realmente actos violentos las agresiones físicas. Aunque puede haber palabras ofensivas y dañinas, entiendo que siempre se puede responder a ellas con palabras, y es nuestra responsabilidad saber hacerlo con contundencia. Somos seres racionales y deberíamos estar preparados para dejar en el lugar que les corresponde a todo aquel que trate de insultarnos u ofendernos. Una estupidez no deja de ser racional, aunque sea una racionalidad de escasa calidad, y se debe responder de manera racional.

En cuanto a la violencia, una vez traspasada esa línea, entramos en el terreno de lo irracional (las amenazas estarían en la frontera entre los dos mundos). Cuando un ser racional pasa a la irracionalidad, es porque sus recursos racionales se han terminado. Esto nos puede dar una medida del grado de desarrollo de una persona: Cuanto más propensa sea a reaccionar violentamente, menor será su grado de desarrollo como ser humano. Alguien que agrede a otro como primera opción está más cerca del mono que del hombre, sería el grado más bajo posible de desarrollo. Por lo tanto, la violencia es una muestra de debilidad y de inferioridad.

Sin embargo, con la violencia se consiguen cosas. A pesar de lo que mucha gente pretende, la violencia puede ser una estrategia ganadora a corto plazo. En el medio y largo plazo, todo lo que se construye sobre la violencia se acaba derrumbando, pero los seres subdesarrollados solo pueden pensar a corto plazo, y cualquier problema que les pueda surgir en el camino siempre podrá ser resuelto con más violencia. Esto es lo que hace de la violencia uno de los mayores problemas de la humanidad desde sus inicios, que funciona, y lo único que se puede hacer contra ella es ser absolutamente intransigente. No se negocia jamás con alguien que pone una pistola sobre la mesa, y en la próxima mesa ya no se le debe volver a admitir otra vez.

Al ser la violencia un acto irracional, no puede justificarse nunca (las justificaciones siempre son actos racionales). O estás en el mundo de lo racional o estás en el de lo irracional, no se debe admitir el poder estar en ambos a la vez. Pero existe un caso en el que cabe la duda, y es el de la defensa propia. Aunque, para ser coherentes, tampoco se debería admitir justificar la violencia como defensa propia, la mayoría, si no todos, de los sistemas legales la admiten, normalmente con la condición de que la respuesta sea proporcional a la agresión. Para evitar el uso de manera arbitraria de esta justificación, los únicos que deben ser competentes para aceptar la defensa propia deben ser los tribunales, y los únicos tribunales que lo pueden hacer con garantías son los de los sistemas democráticos. Yo no soy partidario de “poner la otra mejilla”, así que considero lícita la defensa propia. Simplemente suspendo el juicio sobre ella y dejo para los tribunales la toma de decisiones.

Esto conlleva que solo puedo aplicar mi postura contra la violencia en los regímenes donde existe un estado de derecho. Una tiranía asesina, como por ejemplo fue la dictadura de Pinochet, es un estado irracional. No puedo condenar ni justificar la violencia como respuesta a un régimen así, y los tribunales que se establecen una vez restablecida la democracia (las dictaduras siempre acaban cayendo, especialmente las construidas sobre la crueldad y la violencia), me parecen de legitimidad cuestionable, así que solo me puedo limitar de nuevo a suspender el juicio sobre esta modalidad colectiva de defensa propia, que muchas veces también causa víctimas “inocentes”.

Y ya que hablamos de la violencia colectiva, si una agresión de una persona hacia otra me parece injustificable, los actos violentos perpetrados en grupo me parecen el colmo de lo execrable. En los tribunales muchas veces da la sensación de que la gravedad del acto se diluye al repartirla entre los individuos del grupo, y muchas veces solo se actúa contundentemente contra los cabecillas o instigadores. A mí me parece que, en una agresión grupal, se produce una sinergia que multiplica de manera exponencial el grado de violencia, de manera que, a cada componente del grupo, le corresponde una cantidad de violencia superior a la que le correspondería si hubiera actuado solo. De hecho considero que ciertas formas de presión colectiva sobre minorías o individuos aislados se podrían considerar de hecho como violencia física, pero se trata de un terreno nebuloso, como el de las amenazas, en el que prefiero no tener un juicio a priori. Se trata de una postura radical, pero en relación con la violencia solo caben posturas radicales. La intolerancia es radical, pero la tolerancia también.

Lo mismo me sucede con los atenuantes. Si en un caso de asesinato, por ejemplo, se tienen en cuanta ciertos atenuantes, puede dar la sensación de que algunas víctimas están “mejor asesinadas” que otras. El hecho de que nuestra sociedad no garantice (nunca lo ha hecho), que todos los factores que pueden llevar a una persona al recurso de la violencia han desaparecido o, al menos, se encuentran controlados, es lo que, de alguna manera, justifica el uso de la figura del atenuante en casos así. Yo lo veo como una especie de pena compartida que se le impone a la sociedad junto a la del asesino, por la responsabilidad que nos toca a cada uno.

Con esto creo haber dejado clara mi postura de intolerancia absoluta hacia la violencia, siempre que se entienda ésta como agresión física. Para terminar os puedo recomendar algunos libros sobre el tema, como el clásico Reflexiones sobre la violencia, de Georges Sorel, Sobre la violencia, de Hannah Arendt, y, especialmente, Mi lucha, de Adolf Hitler. Aunque este último puede resultar repulsivo para muchos, considero que nadie debería dejar de leerlo. Conocer a fondo el tipo de ideas que llevan a grandes cantidades de personas a ejercer una violencia extrema sobre otras es algo que les debemos a las víctimas de estas ideologías. Para mí constituye una muestra de respeto hacia ellas, así que nunca dejaré de recomendar todas las lecturas posibles sobre ellas. Además de conocer los testimonios de las víctimas, debemos aprender a reconocer a los verdugos antes de que lleguen a tomar el control.

Comparte este artículo: Compartir en Twitter Compártelo en Facebook Compartir en Google Plus
Comentarios (0):
* (Su comentario será publicado después de la revisión)

E-Mail


Nombre


Web


Mensaje


Retype the CAPTCHA code from the image
Change the CAPTCHA codeSpeak the CAPTCHA code