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martes, 11 de julio de 2017

Poder

El poder es el contrapunto natural de la autoridad. Aunque es muy normal utilizar ambas palabras indistintamente para referirse a la misma cosa, creo que es mucho más útil y enriquecedor utilizar cada una de ellas para indicar un concepto diferente.

Poder
Poder para frenar la violencia

Mientras que el ejercicio de la autoridad es siempre una cuestión de racionalidad y funciona mediante la persuasión, con instrumentos como los argumentos, las opiniones y la crítica, el poder funciona básicamente usando la coerción y la fuerza, que puede llegar a ejercerse o simplemente permanecer en un estado latente con carácter disuasorio.

Esto hace que el poder esté bastante mal visto, mientras que la autoridad tiene una imagen diametralmente opuesta, y esta es la razón de que los que ejercen el poder pretendan revestirse también de autoridad (normalmente se llaman a sí mismos autoridades) y lo que ha llevado a que estas dos palabras se conviertan prácticamente en sinónimos.

A lo largo de la historia, los sistemas políticos han sido eminentemente elitistas, existiendo una gran diferencia entre la clase dirigente, que concentraba el poder absoluto y pretendía estar en posesión también de la autoridad, y el resto, el pueblo, la masa, que han sido considerados prácticamente en todos los sistemas y por casi todos los grandes pensadores como una patulea de descerebrados incapaces de organizar o incluso simplemente participar en los complejos asuntos que conlleva el ejercicio del gobierno. Y durante mucho tiempo, e incluso en nuestros días, esto no ha estado muy desacertado que digamos, como puede comprobar cualquiera que se interese por la historia. El problema es que esto también se puede aplicar sin demasiados esfuerzos a las propias élites, de manera que podemos decir que en el mundo ha existido siempre mucho poder pero muy poca autoridad.

Otra diferencia sustancial entre el poder y la autoridad es que el primero se puede conferir, un grupo de personas (obviamente con poder) pueden acordar no ejercerlo y concentrarlo en unos pocos, que actuarían en nombre de todos, pero la autoridad es una propiedad que debe desarrollarse dentro de cada individuo, y la única forma en que puede transmitirse a otros es mediante la educación, aunque la diferencia está en que aquí nadie deja de tener autoridad, simplemente se difunde.

Una condición imprescindible para que la autoridad pueda desarrollarse es la libertad individual. Es cierto que pueden existir, al menos en teoría, formas de gobierno elitistas, o incluso tiranías, en las que el poder esté detentado por personas que también tengan autoridad, pero dónde tiene más sentido es en los sistemas democráticos, en los que el poder puede dejar de tener las connotaciones negativas que ha ido acumulando a lo largo de la historia debido a los reiterados abusos que se han hecho del mismo.

Aunque los sistemas democráticos están inventados desde hace mucho tiempo, en la antigüedad no dejaban de ser sistemas elitistas en los que la democracia estaba reservada a unos pocos. Incluso en la república romana, una vez que se permitió a los plebeyos participar en el gobierno, existía una especie de ponderación del voto mediante la cual normalmente el voto de los patricios valía más que el de la plebe, como puede verse por ejemplo en Sobre la república de Cicerón.

Se dice que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y esto ha sido y me temo que será cierto siempre. Las dos mayores ambiciones del ser humano son el poder y la riqueza, normalmente desmedidos. Estas ambiciones han sido las causantes de la decadencia y de la perdición de prácticamente todos los sistemas políticos que han existido, y las principales causantes de innumerables guerras. Aunque considero estas ambiciones como una gran debilidad del espíritu, que genera una dependencia enorme en los dos sentidos entre el poderoso y aquellos a los que somete, convirtiendo a todo el mundo en una especie de prisionero, resulta difícil decirle a alguien que puede meterte en un calabozo y torturarte impunemente, o mandarte unos sicarios para que acaben contigo, que en realidad es un ser débil y falto de libertad, pero creo que esta es exactamente la situación, aunque esto sea un consuelo muy pobre.

Por lo tanto, el poder no puede ejercerse sin control sin que acabe teniendo consecuencias funestas. Creo que este control le corresponde a la autoridad. Tradicionalmente se ha pretendido utilizar principios superiores, como la religión o la ideología como fuentes de autoridad, que por supuesto le es conferida a los representantes terrenales que actúan en su nombre. Pero este truco nunca ha funcionado. Si estos principios te confieren algo, ese algo no puede ser otra cosa que poder, nunca autoridad.

En nuestras democracias liberales modernas, se supone que ya no queremos seguir funcionando a base de machacar inmisericordemente al personal para extinguir cualquier oposición al poder, pero las buenas intenciones no bastan para evitar los abusos y la corrupción, como todos tenemos más que comprobado, así que siguen siendo necesarios mecanismos de control. En un estado de derecho, se supone que estos mecanismos se implementan a través de las leyes, pero las leyes no dejan de ser una abstracción, por mucho que sean personas e instituciones formadas por personas los encargados de su buen funcionamiento, como también tenemos bien comprobado. El origen y la implementación de las leyes no dejan de provenir del propio poder. Aunque se supone que representan la voluntad de una teórica autoridad del pueblo, en la práctica esto no deja de ser un apriorismo bastante convencional. La autoridad no es una convención, sino que debe ser un hecho, y para ello no queda más remedio que trabajar para desarrollarla.

Una prueba de esto es que, en general, aparte de la ley, los mecanismos externos de control del poder son en sí mismos también manifestaciones de poder: los lobbies, las redes clientelares y las propias protestas ciudadanas no son nada más que eso. Creo que en una verdadera democracia, el pueblo soberano no es simplemente un espectador con la capacidad de elegir a sus representantes de entre un menú raquítico cada cierto tiempo y después limitarse a dejarles hacer y protestar cuando algo no le guste. Muchas de las versiones de la llamada “democracia representativa” se basan en este esquema de cosas, teniendo en mente que el poder corresponde en exclusiva a las instituciones, sin tan siquiera plantearse nada acerca de la autoridad, que se supone que les es conferida junto con el poder, o quizás que son una y la misma cosa. Esto no hace más que continuar con los sistemas elitistas de toda la vida, aunque eso sí, suavizando mucho las formas.

Pero creo que resulta fundamental considerar también al pueblo soberano (donde está incluido todo el mundo, también los dirigentes) como una institución fundamental del estado, la que en última instancia se debe beneficiar y también sufrir de los éxitos y los fracasos del estado, y de la que sale su sustento económico principal, lo que puede convertirse en una inversión si hacemos las cosas bien o simplemente en un gasto si las hacemos mal. El mecanismo de control del poder que le corresponde al pueblo es precisamente la autoridad, no las protestas, que pienso que son una especie de concesión paternalista a la que los gobernantes están más que acostumbrados y que ya saben cómo manejar sin demasiados problemas. La autoridad se implementa a base de buenas ideas y de entender correctamente la realidad y la problemática en la que estamos inmersos. Actualmente, en política se trabaja más usando la ideología que las ideas, que parece que solo unos cuantos son capaces de desarrollar y manejar, algo que convierte a los políticos y al pueblo en algo parecido a una pantomima de titiriteros y marionetas que tan pronto defiende buenas causas como intereses torticeros. Aunque creo que actualmente no puede comprobarse empíricamente en ninguna parte, una opinión pública sólida y autorizada (y generalizada) podría constituir un gran apoyo para el resto de instituciones, proporcionando más poder a las personas más honestas y capaces y retirándoselo a los indeseables.

En cualquier caso, no estoy diciendo que haya que dejar de protestar. Si no tienes otro mecanismo, no te queda más remedio que usar lo que tienes. Se trata simplemente de una invitación a la reflexión sobre este tema para valorar las ventajas que podría tener para todos tomarse el trabajo de ir sustituyendo estas pequeñas muestra de poder por una verdadera muestra de autoridad.

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