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viernes, 09 de febrero de 2018

La importancia del lenguaje

El lenguaje, junto con la habilidad manual para construir herramientas y obras de ingeniería, es una característica exclusiva del ser humano que pone de manifiesto la alta capacidad de nuestra mente y nuestra faceta racional, algo exclusivo de nuestra especie. Como seres sociales que somos, también nos permite establecer toda una gama de relaciones complejas entre nosotros.

La primera función del lenguaje que se nos viene a la mente es la comunicación de ideas. Esto puede parecer muy simple, pero según lo complejas que sean esas ideas puede resultar ser todo un arte. Un ejemplo lo tenemos en la profesión docente. Un buen profesor sabe utilizar el lenguaje de la manera más apropiada para conseguir que los alumnos comprendan sus explicaciones y alcanzar su objetivo, que es el aprendizaje. Por otra parte, supongo que todos hemos tenido dificultad alguna vez para expresar alguna idea que teníamos en la cabeza, pero para la que no encontrábamos las palabras adecuadas. En este sentido, resulta fundamental dominar el lenguaje en la mayor medida posible. Por un lado, nos permite trabajar mejor interiormente con las ideas. La complejidad y riqueza del lenguaje que podamos manejar estará estrechamente relacionada con la complejidad y riqueza de ideas que contenga nuestra mente. Tener una buena base lingüística refuerza nuestra capacidad de aprendizaje y nos facilita la comprensión de conceptos nuevos.

Pero la riqueza expresiva no es importante solamente para construir y reforzar el conocimiento en nuestro interior. La capacidad de comunicar este conocimiento resulta fundamental para desenvolverse en la vida diaria. Pensemos, por ejemplo, en una entrevista de trabajo, en una negociación, una venta o en la exposición de un problema para solicitar ayuda o colaboración. Nuestras posibilidades de éxito aumentan notablemente si somos capaces de expresar nuestras ideas de la forma apropiada, y esto depende en gran medida de nuestro dominio del lenguaje.

Con el lenguaje no solo transmitimos información. También manejamos una herramienta fundamental para trabajar con las ideas de forma racional, la lógica. Según la tradición clásica, la lógica nos permite trabajar con la verdad. Si partimos de premisas verdaderas, obtendremos conclusiones verdaderas, siempre que empleemos correctamente las operaciones lógicas. Esto tiene todo el sentido en lógica formal, la lógica matemática, donde la verdad se establece de manera axiomática, pero resulta dudosamente defendible cuando se utilizan lenguajes con una ambigüedad muy alta, como el lenguaje natural que usamos para comunicarnos, en los que prácticamente resulta imposible decidir sobre la verdad de muchas de nuestras premisas, sobre todo de las más complejas o las que se refieren a acontecimientos futuros o pasados alternativos, como ya comenté en este otro artículo sobre lógica y racionalidad.

Pero aunque nuestra lógica es más bien débil a la hora de tratar con la verdad, excepto en cuestiones científico-técnicas, no deja de tener una gran importancia para nuestras relaciones sociales. Solemos apreciar una buena argumentación, pero normalmente solo lo hacemos con personas por las que sentimos una cierta simpatía o afinidad. Y ya no digamos cuando esa argumentación refuerza o confirma nuestras creencias sobre algo, aunque no nos salgamos del terreno de las meras hipótesis. También usamos la lógica para explicar nuestras acciones y para justificarnos, o para aceptar las justificaciones y explicaciones de los demás. De nuevo, el dominio del lenguaje resulta fundamental para construir buenas argumentaciones y mejorar nuestras relaciones sociales. En este otro artículo desarrollo más este tema de la relación entre lógica y relaciones sociales.

El lenguaje también nos permite expresar lo que tenemos en nuestro interior en el plano emocional y sentimental, un plano que tiene mucho de irracional. Con el lenguaje podemos transmitirles a otras personas nuestros miedos, nuestro cariño, nuestra amistad o nuestra tristeza. En este caso resulta de gran ayuda complementar nuestra comunicación con el llamado lenguaje no verbal o lenguaje corporal, que también debemos dominar para hacernos más expresivos y mejorar nuestras relaciones sociales. Por supuesto, también puede ser necesario a veces ocultar esos mismos sentimientos, y el lenguaje es también fundamental para esto, ya sabéis, por la boca muere el pez.

La importancia del lenguaje
Sin el lenguaje nuestra expresividad queda limitada

La expresión de nuestras emociones puede resultar algo liberador y causarnos una gran satisfacción. Los seres humanos somos una especie con una necesidad muy grande de expresarnos emocionalmente. Por este motivo desarrollamos y consumimos innumerables actividades artísticas: música, teatro, danza, pintura, escultura, y un largo etcétera. Pero no hace falta llegar a ser un artista para expresar nuestros sentimientos. Todos tenemos la capacidad del lenguaje. Mediante la práctica podemos aprender y mejorar nuestra expresividad emocional. Creo que muchas de nuestras neuras y traumas provienen de una deficiente capacidad de expresar nuestros sentimientos, lo que puede hacer que nos guardemos para nosotros mismos cosas que deberían ser expresadas y eso nos produzca ansiedad y estrés. Todos hemos experimentado el alivio que supone cuando por fin puedes contarle a alguien tus preocupaciones o tus penas.

En este sentido, el lenguaje permite crear fuertes vínculos entre personas, y estos vínculos generan lo que se conoce como sentimiento de pertenencia, una necesidad básica en una especie social como la nuestra, en la que la soledad es uno de los peores males posibles. El dominio del lenguaje se convierte de esta forma en una especie de medicina preventiva para el cuidado de nuestra salud mental. También resulta fundamental dominarlo si queremos evitar hacer daño a otras personas con la forma en las que les decimos ciertas cosas (o si pretendemos hacérselo, por supuesto). Cuanta más conozcamos y confiemos en otra persona, más apreciaremos y autorizaremos sus opiniones sobre nosotros.

También en el plano espiritual y metafísico el lenguaje tiene una gran importancia. No es suficiente con las creencias, tenemos que saber transmitirlas de manera convincente para que los demás las comprendan y quizás lleguen a compartirlas. Ni siquiera nos escapamos de tratar de utilizar la lógica a la hora de manejar ideas cuya verdad no puede ser establecida, como la existencia de seres sobrenaturales. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, aun considerando la fe superior a la razón, no duda en su obra de tratar de llegar a ella usando la razón como instrumento.

Dominar el lenguaje, por lo tanto, es una fuente de cultura en los aspectos más importantes de nuestra vida, pero no consiste solo en conocer muchas palabras y expresarse con un lenguaje exquisito y refinado. La mejor definición de persona culta que he escuchado nunca se la debo a un profesor de lengua y literatura que tuve en el instituto: la persona culta es aquella que sabe comportarse en cualquier situación como corresponde. Aplicado al lenguaje, esto quiere decir que debemos ser capaces de utilizar diferentes registros en función de la situación en la que nos encontremos. No usaremos el mismo tipo de lenguaje para describir la belleza de un paisaje, hacer una declaración de amor, exponer nuestras ideas políticas, vendernos en una entrevista de trabajo, o corrernos una juerga en un bar con nuestros amigos. Incluso para aprender otros idiomas, lo mejor es dominar primero el nuestro. Invertir nuestro tiempo en hablar de la mejor manera posible en todas las situaciones es una de las mejores inversiones que puede hacer una persona en su vida, y os lo recomiendo encarecidamente.

Para terminar, algunas recomendaciones de lectura sobre el lenguaje. Desde un punto de vista filosófico, están Wittgenstein, por supuesto, con su Tractatus lógico-philosophicus e Investigaciones filosóficas, o Quine, con Palabra y objeto. Desde un punto de vista científico, resulta muy interesante El instinto del lenguaje, de Steven Pinker. Y desde la perspectiva de la religión, Lógica de la creencia, de Sixto J. Castro.

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