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viernes, 05 de octubre de 2018

Falacias: argumento ad verecundiam

Una falacia es un argumento que no es válido, desde el punto de vista lógico, para llegar a una conclusión, incluso aunque la conclusión sea correcta. Las falacias son utilizadas constantemente por toda clase de gente, incluso las personas más cultas, a pesar de saberse que son incorrectas desde la antigüedad. Quizás una de las más comunes es el argumento ad verecundiam, o apelación a la autoridad.

Esta falacia consiste en afirmar que algo es verdadero porque lo dice alguien a quién consideramos una autoridad. En su forma más burda, ni siquiera hace falta que ese alguien sea una autoridad en la materia de la que estamos hablando; esto es muy común en el campo de la propaganda, sobre todo en política y en la publicidad comercial: podemos negar el cambio climático porque lo ha dicho Donald Trump, seguir la dieta de la alcachofa porque un premio nobel de economía dice que es la mejor, o comprar una crema antiarrugas que un famoso futbolista asegura que hace desaparecer las arrugas de expresión en dos semanas.

El siguiente nivel lo tenemos en las afirmaciones que se apoyan en lo que dice un supuesto experto, que lo es porque tiene alguna relación, aunque sea lejana, con el tema que se está tratando. Aquí podemos poner como ejemplo al famoso veterinario de los toros, que dice que el toro no sufre, la negación del cambio climático por el primo meteorólogo del ex presidente Mariano Rajoy (aquí tenemos nada menos que un doblete de autoridades), o el anuncio de un aparato definitivo para hacer ejercicio sin movernos del sitio que un famoso nadador, y la no menos famosa federación de las vibraciones, aseguran que nos pondrá en forma y esbeltos con unos pocos minutos al día.

En el último nivel, el único que podemos considerar realmente serio, la autoridad en la que basamos la verdad de nuestro argumento es la de un verdadero experto en la materia; incluso en este caso, se trata de una falacia. Existen dos clases de argumentos: los decidibles y los indecidibles; los argumentos decidibles son aquellos cuya validez se puede comprobar, y esta comprobación es independiente de la persona que lo haga, siempre que el procedimiento seguido sea correcto. Normalmente, estos argumentos pertenecen al campo de las ciencias: la prueba de un teorema matemático la puede realizar cualquiera que sepa cómo hacerlo, las leyes de la física lo son porque la Naturaleza funciona así, no porque las haya descubierto Newton o Galileo, y una falacia es incorrecta no porque lo diga Aristóteles, sino porque, siguiendo las reglas de la lógica, la conclusión no se sigue de las premisas.

En cuanto a los argumentos indecidibles, son aquellos que no pueden demostrarse ni por un experto ni por nadie, aunque en principio exista la posibilidad de que sean ciertos. Muchos pertenecen al ámbito de la filosofía, como la existencia de Dios o las cuestiones éticas y morales, pero también son muy comunes en política, como cuál es la mejor forma de implementar una democracia, en economía, como cuál es el mejor sistema económico, o incluso en las ciencias, dónde suelen ser indecidibles debido a que aún no tenemos el conocimiento suficiente, como el origen de la consciencia o la existencia y la naturaleza de la materia oscura. Pertenecen al terreno de las hipótesis, las opiniones y las creencias y, aun en el caso de ser ciertas, nunca lo serán porque lo diga alguien.

Un argumento no es ni verdadero ni falso porque lo diga una autoridad
Un argumento no es ni verdadero ni falso porque lo diga una autoridad

Esta falacia está tan extendida debido a que nuestras sociedades se han basado desde siempre en el autoritarismo, y el autoritarismo no se basa realmente en el conocimiento, sino en la ignorancia. Cuando dos personas discuten sobre un tema que dominan, no necesitan apelar a ninguna autoridad, porque saben encontrar argumentos válidos, que pueden estar basados en lo que diga alguien más experto que ellos, pero que ellos mismos también saben fundamentar. Si un ignorante quiere llevarse el gato al agua en una discusión con otro ignorante (y aquí la palabra ignorante no está usada en sentido peyorativo), lo más fácil es apelar a lo que dice la autoridad, porque el otro de todas formas no podrá discutirlo; es el típico “vas a saber tú más que fulanito”. Por último, si solo es ignorante el que escucha, se puede uno ahorrar explicaciones, que no serán entendidas de todas formas, mediante la apelación a la autoridad, que es más fácil que cuele.

El uso de la falacia de autoridad puede hacer sospechoso al que la utiliza de ser un liante y un manipulador, pero nunca invalida el argumento que se está apoyando, esto también es una falacia. Lo que dice un experto no hace ni verdadero ni falso al argumento. Tampoco hay que sacar la conclusión de que sea incorrecto fiarse de lo que dicen los expertos, pero no hay que olvidarse de que esto es simplemente un acto de confianza; si de verdad nos interesa saber si algo es cierto o no, no queda más remedio que investigarlo por uno mismo; por supuesto, siempre habrá que apoyarse en conocimiento proporcionado por expertos, pero, si la cuestión es decidible, podremos acabar comprobando su veracidad; si resulta que es indecidible, no hay ningún problema en tener o no tener fe en la persona que lo afirma, si es honesto, él también la tiene y no tiene nada más que eso.

En libros como Equivocados, de David H. Freedman, o Mala ciencia, de Ben Goldacre, se explica por qué incluso los expertos e investigadores con la mejor intención del mundo se pueden equivocar en sus conclusiones. La ciencia se equivoca mucho porque habla de muchísimas cosas. No todo lo que sale de la boca de un científico o de las conclusiones de un estudio tiene pretensiones de ser cierto; mucho de lo que consideramos conocimiento científico son meras hipótesis, muchos de los famoso “estudios que demuestran que…” son simples trabajos preliminares que están por validar. Muchas de las equivocaciones que achacamos a la ciencia se deben a nuestra ignorancia de estas cuestiones y de cómo funciona la investigación científica. Aceptar el autoritarismo y la falacia de autoridad juega en contra de nuestros intereses en materia de conocimiento, y al final solamente beneficia a los embaucadores; la responsabilidad es tanto del que la usa como del que la acepta.

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