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viernes, 08 de marzo de 2019

Paternalismo debilitante

Durante las casi siempre infumables peroratas propagandísticas con las que nuestros incompetentes aunque merecidos líderes políticos nos suelen regalar los oídos, resulta muy común escuchar perlas como la de utilizar un término universal, como “la gente”, para referirse a un determinado colectivo, normalmente los que apoyan al partido de turno. Normalmente, esa “gente” a la que se refieren está además pasando muchas calamidades y sufriendo innumerables injusticias que claman al cielo.

Por supuesto, si ese colectivo indefinido es “la gente”, ¿Quiénes o qué somos los demás? (yo no me identifico con ningún partido, o sea que a mí, por ejemplo, no se refieren nunca con ese término) Se trata de una de las innumerables y burdas maniobras destinadas a presentarse como adalides del bien y protectores de los débiles contra las fuerzas demoníacas del mal. Divide y vencerás, esa parece ser la esencia de la política, al menos de la política de partidos; no importa demasiado que con tu discurso populista fomentes el enfrentamiento que ya de por sí generan las diferencias sociales y las preferencias ideológicas, hay ganado para todos. Basta con echar las redes argumentales a las que se agarrarán unos u otros damnificados por alguna ofensa real o imaginaria. Lo que no pesque hoy, lo pescaré mañana, cuando haya salido trasquilado de su actual grupo de supuestos protectores.

De la misma manera que enfrentarse a las dificultades y aprender a superarlas por uno mismo fortalece, la comodidad y la buena vida, por agradable que pueda resultar, debilita. Y no solo vivir cómodamente puede convertirse en algo debilitante, sino que la misma pretensión de conseguirlo puede hacerte objeto de manipulación, cuando sigues los cantos de sirena de los garantes de la justicia y te unes a la columna de damnificados, en lugar de aprender a luchar por ti mismo por tus metas. Los espartanos, por ejemplo, sabían esto, y eran admirados por ello en el mundo antiguo; su solución, un estilo de vida sin comodidades y dedicado al entrenamiento militar, fue la típica astracanada consistente en pasarse de un extremo al otro, y acabaron, como no podía ser de otra manera, como el rosario de la aurora, tan corruptos y degenerados como cualquier otro hijo de vecino. Pero no dejaban de tener razón, solo se equivocaron en las formas. La clave de la fortaleza está en el crecimiento personal, no en el socialismo. La unión solo hace la fuerza cuando los que se unen son fuertes y competentes por separado; primero, es mejor intentar hacer los deberes por uno mismo.

Un sistema democrático es el caldo de cultivo ideal para este tipo de situaciones. Este sistema tiene como características esenciales la libertad individual, la igualdad y la soberanía universal de todos los ciudadanos, que lo diferencian del resto; sin embargo, sus supuestas consecuencias son las mismas que las del resto de sistemas: la riqueza, la prosperidad y el bienestar de todos (y, en algunos sistemas, también de todas; en los sistemas no igualitarios, “todos” no tiene el mismo significado que en los igualitarios) El problema viene cuando, en lugar de implementar primero las características, se empieza por vender las consecuencias como el camino para construirlas. Empezar la casa por el tejado, vender la piel del oso antes de haberlo cazado. Paul Krugman habla de esta forma de vender la moto en Vendiendo prosperidad, por ejemplo.

De esta manera, los partidos políticos se convierten en una especie de vendedores de seguros. Y a los vendedores de seguros lo que más les conviene es un mundo lleno de miedos e inseguridades. Todos conocemos la tira de Mafalda en la que su hermano Guille espera pacientemente a que vuelva su madre de la compra para ponerse a llorar; uno se queja más cuanto más caso le hacen. Parece ser que todos conservamos esa tendencia también en la edad adulta, lo que nos hace propensos al victimismo. El buen manipulador sabe que no es necesario crear nuevas tendencias en el ser humano, todos traemos de serie un montón de propensiones que harían las delicias del mismísimo Maquiavelo; es más fácil aprovecharse de lo que te ofrece la madre Naturaleza que tratar de introducir innovaciones y luchar contra la reticencia al cambio de nuestra potencial clientela. Vivimos en la sociedad de la comodidad y el bienestar, todo el mundo te la quiere vender, y todo el mundo la quiere comprar a toda costa. El mundo cada vez es más complejo y difícil de entender, así que cada vez aumenta más la inseguridad y la necesidad de protección. “Para problemas difíciles necesitamos soluciones fáciles”, reza la publicidad, pero la dificultad o facilidad no está en el problema o en la solución, sino en la percepción que tienen de ello las personas implicadas, que está en función de sus capacidades y competencias. Las cosas son como nos las tomamos.

No es buena idea tratar de convertirnos en simpáticos corderitos
No es buena idea tratar de convertirnos en simpáticos corderitos

Dicen que, si te pasas la vida llamando tonto a tu hijo, al final acabará convirtiéndose en un tonto. El afán por vendernos protección contra todo tipo de agravios e injusticias tiene consecuencias sobre la forma que tenemos de percibir e interpretar el mundo. Todo parece más amenazador, estamos cada vez más rodeados de enemigos, el futuro es incierto; a esto hay que sumarle el efecto de otras de nuestras tendencias naturales: el abuso y la venganza. Es bueno compensar esta tendencia un poco leyendo libros como Factfulness, de Hans Rosling, o En defensa de la ilustración, de Steven Pinker.

Cuando por fin alguien se decide a erigirse en defensor de los derechos de un colectivo real o supuestamente agraviado, y consigue reunir un rebaño suficientemente numeroso como para dar la impresión de constituir un contingente capaz de luchar con éxito en nombre del bien y desfacer los entuertos y las injusticias sufridas, resulta muy común que se acaben cometiendo los mismos o similares abusos. Confundimos muy fácilmente la defensa propia con la venganza, y es muy fácil, porque está ampliamente aceptado, agarrarse a la bondad de nuestros fines para justificar los medios empleados.

La sociedad se vuelve cada vez más sensible a las ofensas más burdas y pueriles. Tenemos un rapero exiliado en Bélgica, igual que si fuera un gran libertador de pueblos, por decir una serie de sandeces para las que no se necesita una capacidad intelectual superior a la de un bogavante. El hecho de que no haya habido nadie cualificado para responderle como corresponde y haberle hecho enrojecer de vergüenza públicamente, y en lugar de ello se le haya elevado a la categoría de enemigo público, dice mucho de nuestra fortaleza como sociedad.

Antiguamente, cuando la libertad de expresión no era tan apreciada como lo es hoy en día, se encerraba en la cárcel a lenguaraces tan insignes como don Francisco de Quevedo; en la actualidad, la gente culta de verdad puede decir lo que quiera, porque utilizan demasiadas palabras para hacerlo, y además muchas de ellas son difíciles, así que nadie les hace demasiado caso. Ahora vende más perseguir titiriteros y raperillos por decir chorradas malsonantes, o a actores de ideología trasnochada a los que todavía divierte hacer rabiar a los curas, porque son más famosos y, sobre todo, más cercanos. ¿Más cercanos a quién? A “la gente”, por supuesto. Ya no son “ellos” y “nosotros”, sino “ellos”, “vosotros” y “nosotros”, los defensores, los adalides, los protectores de los débiles y los oprimidos, con sus declaraciones rimbombantes y su retórica simplista pero al parecer altamente efectiva, vendiendo ilusión en lugar de eficiencia. Y “la gente”, por supuesto, en plan marquesa, encantados de tener esos servidores tan entregados a la defensa de su causa. Pero, para tener jardinero, primero hay que tener jardín. Los servidores públicos también tienen que comer, lo que significa que no trabajan solo por amor al arte. ”La gente” debería reflexionar un poco acerca de la calidad que pueden tener los servicios que está en condiciones de pagar, y no me refiero en concreto al tema económico (al fin y al cabo, este es un sistema solidario, y aquí pagamos todos, “la gente” y los que no somos “gente”)

En El camino hacia la no libertad, el historiador Timoty Snyder realiza un análisis de los peligros que enfrentan los sistemas democráticos actuales, debidos al auge de las fuerzas de lo que podríamos llamar la no-democracia (hemos llegado a un punto en el que emplear el término fascista me empieza a parecer infantil) Los enemigos de la democracia la vienen rechazando desde bien antiguo con el argumento de que es un sistema debilitante que acaba en el caos, la corrupción y la demagogia. Lo cierto es que, desde el limitado punto de vista que pueden adoptar los seguidores de este tipo de ideologías, parece que llevan bastante razón.

Pero la no-democracia es a la democracia lo que el lanzamiento de enanos es al ajedrez. Creo que la democracia es el mejor sistema político que existe, pero solo si se implementa bien, y esto es muy complicado y requiere de ciudadanos y gestores muy cualificados para ejercer sus labores políticas de soberanía y gobierno. Definir una cosa de una manera, porque suena muy bonito, y luego seguir haciendo las cosas más o menos como siempre, aunque sea de una forma más amable, porque no puedes con la realidad, solo lleva al lugar al que llevan todos los sistemas políticos chapuceros: al fracaso. Nadie puede superar problemas a los que no se ha enfrentado nunca. Creo que solo desde un individualismo social podemos llegar a convertirnos en ciudadanos fuertes y capaces de colaborar para defender con éxito nuestro sistema; si a lo único que podemos aspirar es a consumirlo, no nos durará mucho este paréntesis de paz y desarrollo.

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