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viernes, 01 de marzo de 2019

Tradición y política

Todos los animales superiores se facilitan la vida adquiriendo costumbres, algo que les permite actuar en su día a día sin necesidad de gastar demasiada energía discurriendo cómo y dónde realizar sus tareas. El ser humano no podía ser una excepción y, como pasa con tantas otras características que compartimos con los animales, elevamos sus posibilidades a la enésima potencia, algo que, en muchas ocasiones, convierte mecanismos de supervivencia en fuentes inagotables de problemas y quebraderos de cabeza.

Los conceptos de vicio y de virtud están muy ligados al de costumbre; los vicios son las costumbres perjudiciales y las virtudes son las beneficiosas. Esto es así más que nada a nivel de individuo, cuando pasamos a un nivel más social, hablando de costumbres que comparten un grupo más o menos numeroso de personas, solemos hablar más bien de tradiciones y, en este nivel, que yo sepa, no tenemos dos términos para diferenciar las buenas de las malas. Intuyo que esto es así porque se supone que todas las tradiciones son buenas, y más adelante propondré algunas reflexiones con respecto a esta cuestión.

La diferencia entre las costumbres de un individuo y las tradiciones de un colectivo es que, en el primer caso, nacen y mueren con el propio sujeto, mientras que, en el segundo, pueden tener hondas raíces en la más remota antigüedad. Solemos considerar ambas cosas como características de las personas y de los colectivos y, en ambos casos, existe una fuerte resistencia a abandonarlas o simplemente modificarlas. Hacemos de las costumbres y tradiciones algo íntimamente nuestro, para bien y para mal; resulta tan difícil dejar de fumar o de morderse las uñas como dejar de quemar viudas en la pira funeraria del marido fallecido. Esta fuerte resistencia a menudo puede llevar incluso hasta la violencia, y esto es algo que no ha pasado precisamente desapercibido en uno de nuestros terrenos más conflictivos: la política.

Podríamos decir que la política consiste básicamente en la gestión de los asuntos públicos; normalmente de los problemáticos, pues, cuando las cosas van bien, no nos gusta que nadie meta las narices en nuestros asuntos. Existen dos clases fundamentales de problemas, según su origen: los producidos por causas naturales, que normalmente se acometen utilizando medios técnicos y tecnología, y los que producimos nosotros, que, por tener un origen inteligente (entiéndase en sentido amplio), requieren de medios más ligados a la psicología, como la negociación, la persuasión, y la manipulación.

Los líderes y dirigentes políticos siempre han tenido una gran necesidad de contar con el apoyo multitudinario de la gente que constituye el colectivo sobre el que ejercen su control. Esto es absolutamente necesario de cara a poder realizar su trabajo, ya que, si la gente no te hace ningún caso, no puedes gobernar. El recurso al miedo, tantas veces intentado por toda clase de tiranías, parece la solución más sencilla, pero se ha demostrado muy contraproducente y con resultados a menudo desastrosos para los tiranos. Lo más normal es que los que ostentan algún tipo de poder concedan también a sus subordinados una cierta participación en el mismo, o, al menos, una ilusión de participar, de manera que se sientan implicados y apoyen el sistema en lugar de oponerse a él o simplemente ignorarlo ostentosamente.

Por mucho que nos empeñemos en hablar de colaboración desinteresada, todos sabemos que, cuando alguien quiere algo de ti, ese algo tiene un precio. Esto se llama economía, y es lo que hace que las cosas tengan valor. En principio, no tiene por qué tratarse de actos de egoísmo; todos tenemos necesidades, y no podemos satisfacerlas todas por nosotros mismos, por lo que comerciamos con el prójimo intercambiando aquello de lo que disponemos por aquello de lo que no. Los políticos profesionales son unos hábiles comerciantes que saben comprar nuestro apoyo al precio más bajo posible para ellos. ¿Qué resulta más sencillo y barato? ¿Solucionar tus problemas socioeconómicos, o erigirse en garante de tus costumbres y tradiciones? Posiblemente incluso tú mismo antepongas lo segundo a o primero, puesto que forma parte de tu identidad personal, así que, así se las ponían a Fernando VII.

Mezclar tradición y política a menudo resulta una pésima idea
Mezclar tradición y política a menudo resulta una pésima idea

El ser humano ha perfeccionado a lo largo de siglos de historia mil formas de manipulación a través de sus propias tendencias naturales y mecanismos de supervivencia. Las instituciones creadas con la mejor intención del mundo tampoco escapan a nuestra proverbial creatividad a la hora de retorcerlas con fines deshonestos. No importa la finalidad que pretendía tu tatarabuelo que tuviera “esto”, ¿verdad?, a ti se te ha ocurrido una forma mucho mejor de sacarle partido, y, además, te puedes aprovechar del prestigio y la autoridad adquiridos durante todos estos años por el “esto” en cuestión a modo de vaselina, para colar tus innovaciones hasta el fondo.

Los honores institucionalizados, en especial los honores de estado, con sus estatuas, sus placas, sus nombres de calles y sus actos y ceremonias conmemorativas, son terreno abonado para este tipo de manipulación. Cuando una tradición es asumida a nivel de estado, el honor conferido se transfiere también a sus seguidores, junto con los privilegios, en caso de haberlos, pues se trata de una seña de identidad. De paso, se ningunea a los que se oponen a la tradición, lo que aumenta todavía más la satisfacción de los beneficiarios. El hacer de la tradición un objeto de defensa institucional tiene otras muchas ventajas, ya que permite crear tradiciones dentro de la propia política, que serán defendidas de la misma manera, lo que facilita enormemente la justificación de los procedimientos con el sencillo, aunque no elegante, argumento del “siempre se ha hecho así”. En este juego todos ganan, aunque algunos más que otros.

Todos sabemos que donde hay dinero y poder aparece inevitablemente la corrupción y la miseria. Traficar de esta forma con nuestros sentimientos y emociones puede conseguirnos ambas cosas, pero no deja de ser una forma de prostitución, y pronto un ejército de caraduras y buscavidas se apuntan al bombardeo para sacar tajada; podemos preguntarnos cómo es posible que tantos curas se conviertan en pederastas, pero es más fácil entenderlo de esta otra manera: muchos pederastas se convierten en curas. Estos mecanismos han hecho que todas las tradiciones más defendidas políticamente hayan estado y estén contaminadas por miríadas de parásitos; prueba a reflexionar sobre las tradiciones de este tipo de los demás (las tuyas seguramente serán un caso aparte, una excepción), y luego pregúntales a ellos sobre las tuyas, verás como ninguna se salva.

Un caso paradigmático de este uso torticero es una famosa anécdota atribuida a Quevedo: En sus noches de parranda, este gran escritor, que por otra parte era tan humano como cualquiera, solía hacer sus necesidades en un determinado portal, ya que en aquella época no existían los servicios públicos como ahora. Para evitar esto, los vecinos solían poner en los lugares más atacados crucifijos o imágenes de santos, pensando que así echarían para atrás a todos aquellos asaltantes de vejiga inquieta. Pero esto no funcionaba con Quevedo, que seguía insistiendo una y otra vez en el mismo portal. Los vecinos, quizá pensando que el hombre no entendía bien lo que querían transmitirle, decidieron poner las instrucciones por escrito, y añadieron en la pared la leyenda: “Donde se ponen cruces no se mea”, en grandes letras. Quevedo, como el gran escritor que era, explicó más abajo sus razones: “Donde se mea no se ponen cruces”.

Que nadie se confunda. No soy un enemigo de las tradiciones. Recuerdo con cariño todas las tradiciones familiares de mi niñez y en general me parecen algo muy positivo cuando se desarrollan en este tipo de contextos. Unen a la gente en el plano emocional y pueden crear vínculos positivos. Pero, al igual que las costumbres personales pueden degenerar con bastante facilidad en vicios, las tradiciones pueden volverse instrumentos de control, de opresión, de manipulación y en negocios lucrativos donde lo que menos importa es el aspecto sentimental. No todas las tradiciones son necesariamente buenas; las hay inofensivas, pero también perjudiciales. Cuando uno valora sentimentalmente una cosa, lo lógico es que no permita que caiga en manos de desaprensivos que la conviertan en algo oscuro e incluso obsceno. Y esto es algo en lo que todavía nos queda mucho por aprender; permitimos entusiasmados que ciertos indeseables encubiertos consigan prestigio para nuestras tradiciones, para descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que solo buscaban aprovecharse de sus posibilidades para manipular al personal. Luego, nos dedicamos a tapar y encubrir el chiringuito, lo que no hace sino empeorar todavía más las cosas.

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