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viernes, 21 de septiembre de 2018

La búsqueda de la felicidad

Mucha gente piensa que el objetivo de la vida es conseguir la felicidad. Desde la antigüedad, los filósofos han desarrollado diferentes doctrinas que giran alrededor de este concepto, la Declaración de Independencia de los EEUU define la búsqueda de la felicidad como uno de los derechos inalienables del hombre, y los sistemas democráticos modernos tienen como uno de sus pilares fundamentales el llamado estado del bienestar.

La felicidad es como la inteligencia, un concepto un tanto ambiguo que nadie sabe definir completamente; se suele asociar con la alegría y las sensaciones placenteras, junto con la ausencia de sensaciones desagradables. El primer problema aparece cuando intentamos alcanzar este estado, pues no está nada claro qué cosas tenemos que hacer para conseguirlo. La gente lo intenta de mil maneras diferentes: consiguiendo más dinero, estableciendo relaciones sociales, comprando bienes materiales de todo tipo, consumiendo comidas y bebidas exóticas, viajando, consiguiendo un buen trabajo, teniendo hijos, haciendo cursos para aprender todo tipo de cosas, viviendo emociones fuertes… La lista es interminable, y la mayoría de las cosas no funcionan del todo bien, o no lo hacen en absoluto, o el bienestar que se consigue es efímero.

Y ese es el segundo problema que tienen los estados placenteros, que no duran eternamente. Tarde o temprano nos cansamos de las novedades, una vez que nos hemos acostumbrado a ellas, y cada vez nos proporcionan menos placer; también nos acostumbramos a tener más dinero, e incluso, para algunas personas, esto se vuelve un problema: las comidas exóticas nos puede causar problemas de salud, y las relaciones sociales muchas veces nos salen rana y al final nos dan más disgustos que otra cosa.

Pretender estar en un estado de felicidad constante se convierte para muchos en una búsqueda continua y obsesiva que, a la larga, consigue el efecto contrario, generando agobio y ansiedad; otras veces aparece el miedo a perder lo conseguido, y la gente que lo intenta y no lo consigue acaba siendo más infeliz que si no lo hubiera intentado en absoluto.

Existen muchas escuelas de pensamiento que intentan darnos la solución a estos problemas. En el libro Epicuro, de Carlos García Gual, se habla de la escuela epicúrea, cuya máxima es “nada en exceso”; el libro Homo deus, de Yuval Noah Harari, aunque no trata concretamente sobre la felicidad, toca el tema con acierto bastantes veces. El budismo trata de enseñarnos a no perseguir ni huir de las sensaciones, y el cristianismo propone olvidarnos de nosotros mismos y volcarnos en ayudar a los demás.

Lo cierto es que tanto las sensaciones placenteras y de bienestar como las desagradables son solo eso, sensaciones. Son un producto del metabolismo de nuestro organismo, y las podemos conseguir o eliminar de forma artificial mediante el uso de drogas. Las drogas ilegales proporcionan sensaciones agradables con una gran intensidad, pero resulta imposible mantenernos en ese estado mucho tiempo incluso tomando más y más, por lo que el resultado es siempre un deterioro de la salud o, incluso, una sobredosis que nos puede matar. Al final, acabamos sumidos en un estado de profundo malestar que puede durar varios días o convertirse en permanente. También existen drogas legales, cada vez utilizadas por más personas, cuya finalidad es, sobre todo, evitar el sufrimiento y el malestar, pero que también pueden causar problemas de abuso y dependencia.

Los estados de bienestar y de malestar son desequilibrios temporales del estado normal del organismo, y tienen una función biológica fruto de la evolución. El mecanismo de recompensa de nuestro cerebro nos permite aprender las cosas que son buenas para nuestro organismo, y desarrollar habilidades productivas mediante la motivación, pero se trata de un mecanismo ciego que no distingue lo realmente beneficioso de lo perjudicial, por lo que hay que tener cuidado con él; la contrapartida son las sensaciones de dolor y malestar, que nos avisan de problemas a los que tenemos que prestar atención, además de permitirnos corregir las equivocaciones del mecanismo de recompensa. Los dos mecanismos producen solo alteraciones temporales, porque esa es la forma de funcionamiento óptima para la supervivencia. Se trata únicamente de señales informativas y de aviso.

Perseguir la felicidad a toda cosata es una quimera
Perseguir la felicidad a toda costa es una quimera

Por lo tanto, es un error centrar nuestros objetivos en conseguir alcanzar o evitar estas sensaciones. En lugar de ello, es mejor darse cuenta de las necesidades que tiene nuestro organismo y tratar de mantenerlo en el mejor estado posible. En lo referente al cuerpo, la cosa resulta fácil de entender, aunque difícil de seguir; basta con una alimentación sana y completa y ejercicio físico para mantenerlo en forma, con lo que evitamos muchos problemas que nos pueden conducir al sufrimiento de forma innecesaria.

Pero el ser humano es mucho más que un cuerpo físico. Sus características principales son la habilidad manual y el poseer una mente con una consciencia racional y emocional muy compleja, y aquí es donde aparecen los mayores problemas que son causa de insatisfacción, miedo e inseguridad. La mente puede estar tanto a tu servicio como en tu contra, y lo más importante, tu mente eres tú, así que, para ponerla a tu servicio, lo primero que debes hacer es tomarte muy en serio la antigua máxima “conócete a ti mismo”.

En su forma más básica, este autoconocimiento proporciona una capacidad para gestionar tus emociones de la mejor manera posible. Tus emociones y sentimientos solo los sientes tú, por lo que eres la persona más indicada para tratar con ellos. Los agradables son muy fáciles de llevar, aunque te pueden dar algún que otro problema si te llevan a tomar malas decisiones, llevado por el entusiasmo, así que, sin convertirte en tu propio aguafiestas, conviene vigilarlos un poco, por si acaso. Los desagradables ya son otro cantar. Como en un agujero profundo, es más fácil caerse que salir; la clave está en darse cuenta de que nuestras emociones no se forman y crecen solas, forman parte de un bucle de realimentación que pasa por la consciencia. El cuerpo te propone un estado en respuesta a algo que está percibiendo, tú lo valoras de forma consciente, y le devuelves al cuerpo una respuesta que produce un cambio en el estado que, a su vez, vuelve a ser valorado y devuelto, y así una y otra vez. La mayoría de las preocupaciones y neuras comienzan siendo unas sensaciones apenas perceptibles, que vamos magnificando con las sucesivas valoraciones que hacemos de ellas. Aprender a detectar estas sensaciones te permite modificar la respuesta y, por tanto, a controlar hasta qué punto permites que evolucionen. La ansiedad, por ejemplo, es muy fácil de evitar de esta manera, pues es como inflar un globo, y puedes evitar empezar a soplar si te das cuenta rápidamente de que el globo está ahí.

Pero el autoconocimiento no se limita a las emociones. Conviene empezar por ahí, porque facilita mucho el trabajo con las habilidades superiores, pero nuestra mente nos permite realizar muchas actividades manuales, intelectuales o artísticas. A los gatos la Naturaleza les mueve a cazar, a los caballos a correr, y a nosotros, a desarrollar estas habilidades; pero tenemos muchas barreras mentales adquiridas en la infancia que hacen que muchas veces aparezcan como necesidades indefinidas que no sabemos identificar. Estas necesidades normalmente se intentan satisfacer mediante el consumo, algo que es una fuente inagotable de problemas y acaba produciendo más hastío e insatisfacción que otra cosa. Tratar de identificar estas barreras y superarlas es otro de los objetivos fundamentales del autoconocimiento. Tenemos un montón de ideas tóxicas en la cabeza que nos impiden desarrollar nuestro potencial y convertirnos en personas que actúan, en lugar de personas que simplemente consumen.

El resultado del autoconocimiento es que acabas haciéndote amigo de tí mismo y desarrollando tus habilidades potenciales, lo que te proporciona seguridad, confianza y autonomía, además de dar un sentido a tu vida. El sentido de la vida no debe buscarse en cuestiones trascendentales y externas, sino en tu propio interior. En lugar de perseguir quimeras indefinidas como la felicidad, es mejor centrarse en todo aquello que impide el desarrollo personal; esto también tiene como consecuencia una gran mejora en tus relaciones sociales, las personas seguras e independientes tienen mayores posibilidades de establecer vínculos con los demás basados en lo que los demás son, en lugar de la utilidad o la necesidad que tienen de ellos.

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