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viernes, 27 de julio de 2018

El culto a la riqueza

El ser humano es una especie que se distingue, entre otras cosas, por la habilidad para construir herramientas. Pero además de herramientas, también se ha dedicado a construir adornos para el cuerpo y para los lugares donde habita, muebles para vivir más cómodo y confortable y toda clase de objetos dedicados a otras actividades variopintas tales como rituales mágicos o el culto a los dioses.

El resto de animales, dentro de cada especie, tienen todos un aspecto similar, y son pequeñas diferencias en este aspecto o en el tamaño las que constituyen elementos diferenciadores que indican estatus social o marcan las preferencias a la hora de encontrar pareja. Solamente en muy raras ocasiones utilizan elementos externos para estos fines, como ciertas especies de aves que adornan sus nidos con frutos y flores para atraer a las hembras.

Nosotros, sin embargo, tenemos una capacidad prácticamente ilimitada para distinguirnos unos de otros por los adornos, tatuajes, vestidos y objetos que poseemos. Hasta tal punto, que desde el principio se convirtió en la forma de determinar quién es quién, a qué se dedica, a qué grupo pertenece y qué puesto ocupa en la sociedad, un símbolo de identidad personal y, sobre todo, social. La idea nos gustó tanto que pronto hubo que regular estrictamente como podía vestirse y adornarse cada uno. Algunos adornos y objetos sólo podía poseerlos el jefe de la tribu, otras vestimentas y objetos eran exclusivos de los sacerdotes y brujos, los guerreros y cazadores llevaban tatuajes distintivos, también cada tribu se distinguía de las demás por su vestimenta y sus objetos sagrados. Incluso muchas herramientas, y sobre todo, las armas, también estaban asignadas exclusivamente a ciertos individuos o clases sociales.

El ser humano, además de social, es un animal jerárquico, y la jerarquía se impone por una mezcla de acuerdo, méritos y, especialmente, la violencia. Los estamentos más altos de la sociedad eran las que decidían la asignación de objetos, vestimentas y adornos, utilizándolos muchas veces como forma de premiar o castigar a los estamentos inferiores de manera que el uso de la fuerza, que siempre tiene un coste, se redujese al mínimo posible. Esto ha tenido como consecuencia una fuerte asociación psicológica entre estos objetos, muchos de ellos inútiles para otro fin aparte del estético, y algo que realmente tiene mucho valor para nosotros, muchas veces por la cuenta que nos trae, el estatus social. Nos encantan los privilegios y que los demás nos sirvan porque esto nos hace sentir poderosos y mejores de una manera sencilla y, muchas veces, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte y sin que se corresponda con ningún mérito real que lo justifique, si es que hay algo que pueda justificar esto.

Con el advenimiento de la era de los metales la cosa ya se puso realmente seria. Primero fue el hierro, con el que además se podían elaborar armas mucho más poderosas y mortíferas, pero fueron los metales preciosos, como el oro y la plata, los que dieron un verdadero impulso hacia la estratosfera a todo este tinglado, al convertirse en el patrón con el que se medía el valor de todas las cosas. Desde entonces hasta ahora, el oro, un metal con escaso valor práctico, se ha convertido, porque así lo hemos decidido, en el símbolo de la riqueza y en uno de los materiales más valiosos que existen, algo que de por sí debería ser ya motivo de reflexión.

Gracias a esta genial idea, hemos logrado desarrollar a lo largo de los siglos cualidades tan ejemplares como la envidia, la codicia o la soberbia. El historiador Apiano, en su Historia romana, cuenta un episodio de la toma de Cartago por los romanos en el que un grupo de soldados, al entrar en la ciudad y pasar cerca de un templo en el que había objetos y estatuas de oro, se olvidaron de la batalla y se lanzaron como posesos a saquearlo, sin que sus mandos pudieran hacer nada, por más que lo intentaron, para que dejaran eso para el final y se centraran en la toma de la ciudad. El premio más codiciado para los soldados en la antigüedad era el saqueo de las ciudades tomadas al asalto, que normalmente iba acompañado de todo tipo de violaciones, crímenes y otras muestras de crueldad y de miseria humana. Con el oro siempre se ha comprado o premiado toda clase de traiciones, asesinatos y acciones viles. De hecho, le hemos dado el sobrenombre de “vil metal”, lo que no ha impedido que haya sido hasta hace relativamente poco tiempo, el patrón por excelencia de la riqueza de todas las ciudades estado, imperios o naciones de la tierra, existiendo todavía voces que claman por su retorno, como Juan Manuel López Zafra en su libro Retorno al patrón oro.

Muestra ridícula de hasta dónde puede llegar el afán de ostentación
Muestra ridícula de hasta dónde puede llegar el afán de ostentación

No es necesario seguir insistiendo en lo que ha supuesto esta fiebre del oro a lo largo de la historia porque todos lo sabemos o lo podemos averiguar fácilmente simplemente acudiendo a los libros de historia. En la actualidad, y si nos ceñimos solamente a las naciones más civilizadas y desarrolladas, ya que el resto todavía vive con un pie en un pasado más o menos remoto, seguimos exaltando el oro, la riqueza y la ostentación como una especie de ideal a alcanzar. Si bien es cierto que muchas personas tienen una idea racional y moderada sobre la cantidad de riqueza que se conforman con poseer y le dan más valor a otros aspectos de la vida menos crematísticos, en nuestro imaginario colectivo sigue siendo un símbolo de poder, triunfo y estatus social. Simplemente hay que fijarse en los cuentos e historias sobre tesoros fabulosos que se cuentan a los niños, en las películas sobre grandes robos y atracos, en el culto de las revistas del corazón a la gente de la alta sociedad, en anuncios de televisión que nos preguntan cosas como “¿te imaginas algo mejor que el oro?” o el envase de cierta colonia que imita un lingote de oro, de la que tampoco hay que perderse el anuncio publicitario.

Todo esto no resulta tan inocente como pueda parecer. El valor que le asignamos a estas cosas lleva emparejado el simbolismo del poder, el estatus y la superioridad, lo que hace que muchas personas desarrollen sus peores instintos para conseguirlos, y los mantengan en alza una vez conseguidos. Los ridículos signos de ostentación de personajillos como narcotraficantes, mafiosos o élites extractivas no son solo un intento patético de intentar demostrar que son algo más que unos miserables, también tienen unas consecuencias económicas y sociales bastante graves. Solemos mirarlos con malos ojos y considerarlos los únicos culpables de sus abusos, pero el resto tenemos también bastante responsabilidad en ello por contribuir a la consideración general que se tiene de todos estos lujos y excesos como signos de éxito. La cocaína también tiene asociada la idea de droga elegante y sofisticada, pero a ninguna persona normal se le ocurre considerar que un cocainómano es alguien a envidiar o ensalzar. Con el tabaco pasó algo parecido, se nos vendió asociado a ciertos ideales de libertad y sofisticación, pero hemos terminado por considerar el tabaquismo como una mera enfermedad a erradicar. Dado que muchos guerreros y conquistadores en la antigüedad eran también grandes bebedores e incluso alcohólicos, como Alejandro Magno, por ejemplo, durante mucho tiempo se instauró la imagen del hombretón recio que aguanta ingentes cantidades de alcohol casi sin inmutarse, como signo de fortaleza y hombría. Y un largo etcétera.

En política también encontramos un claro ejemplo de todo este ensalzamiento del lujo y el boato, con grandes ceremoniales, edificios oficiales palaciegos llenos de obras de arte, gastos suntuarios, obras públicas monumentales y muchas veces inútiles, etc. Todo muy representativo en una democracia (en el mundo antiguo, del que hemos heredado estas tradiciones, sí que era realmente representativo, puesto que representaba el poder).

En este punto puede surgir la típica pregunta del estilo “¿Entonces qué debemos hacer, vivir en la pobreza y renunciar a todos los lujos, como los estoicos?”. Pues no. En primer lugar, yo no soy quién para decirle a nadie cómo tiene que tomarse las cosas ni cómo debe actuar ante ellas. Simplemente sugiero que sería conveniente una toma de consciencia a este respecto. Resultaría absurdo renunciar a las comodidades que nos ofrece el mundo moderno. Tampoco veo ningún problema al gusto estético por el oro si queremos lucir algún abalorio. A mí personalmente me gusta más el acero, pero sobre gustos no hay nada escrito. Los seres humanos podemos desarrollar habilidades y obtener conocimientos que son mucho más valiosos que toda esa quincalla, aunque por este motivo, también son difíciles de conseguir. Solo hay que cambiar el punto de referencia y sacar ciertas cosas de nuestra escala de valores. La ambición y el gusto excesivo por el lujo y la ostentación, además de una muestra de arrogancia y vacuidad, es un trastorno psicológico similar a las adicciones a las drogas. Con consecuencias a veces igual de funestas.

Para terminar, os dejo un fragmento del libro ¿Está usted de broma, señor Feynman?, del conocido físico Richard Feynman, que resulta muy ilustrativa:

Mientras tanto, ya saben ustedes cómo hace la gente cuando charla, da vueltas y se mueve de un lado a otro. Pues ya ven, Smyth estaba dándole pataditas al tope de la puerta, y entonces le dije: «Pues sí, el tope es verdaderamente el adecuado para esta puerta». El tope era un hemisferio de un metal amarillento, de unos veinticinco centímetros de diámetro. Oro, en verdad. Lo que había ocurrido era que necesitábamos realizar un experimento para ver cuántos neutrones eran reflejados por distintos materiales, a fin de poder ahorrar neutrones y no tener que utilizar tanto material fisible. Habíamos probado con platino, con zinc, con latón, con oro. Así que tras realizar los ensayos con el oro nos quedaron estas piezas de oro, y alguien tuvo la aguda idea de utilizarlas como topes de las puertas de la sala que contenía el plutonio.

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