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viernes, 25 de mayo de 2018

Utopía, del es al debe ser

Si algo caracteriza el pensamiento político del ser humano es su carácter utópico. La realidad se empeña siempre en contradecir nuestros maravillosos planes, que suenan muy bien sobre el papel pero nunca acaban de funcionar como se espera que lo hagan. En especial, con los grandes cambios sociales, se suele pasar de un gran entusiasmo inicial a una gran decepción o incluso a un gran desastre, o al menos, una crisis más o menos pronunciada.

Desde la antigüedad más remota existen obras muy conocidas que describen utopías, como La república de Platón o Utopía, de Tomás Moro, de cuyo título procede de hecho esta palabra. Se trata de descripciones de organizaciones sociales ideales supuestamente perfectas, aunque dudo de que incluso en su época todo el mundo las considerase así, y desde luego en la nuestra parecen más bien distopías, sociedades ideales pero profundamente indeseables.

En tiempos recientes se han intentado poner en práctica utopías como el comunismo o el nacionalsocialismo que no solo han acabado fracasando más o menos estrepitosamente, sino que han causado millones de muertes y mucho sufrimiento y opresión. También se han intentado implementar a pequeña escala, como el falansterio de Charles Fourier o las comunas squatters en Holanda, con la idea de que el problema de su viabilidad estriba en intentar aplicarla a un número demasiado grande de personas, pero todos los intentos acaban fracasando sistemáticamente.

Los problemas de los grandes proyectos de ingeniería social están puestos de manifiesto en obras como La miseria del historicismo de Karl Popper o Camino de servidumbre de Friederich A. Hayek, pero el pensamiento utópico no se limita solamente a estos grandes, o no tan grandes, proyectos que implican grandes cambios en los modelos sociales. Nuestro día a día está plagado de planteamientos de proyectos que prometen mejorar algún aspecto de nuestra vida pero que o bien se quedan en agua de borrajas o directamente la empeoran. En lugar de resolver problemas simplemente los cambian por otro igual o peor. Existen innumerables ejemplos de esto en las leyes y en los programas políticos, como podemos comprobar en el ámbito laboral o educativo. Incluso en proyectos de ayuda humanitaria se producen estos casos, como por ejemplo en la excavación de pozos para extraer agua del subsuelo para evitar el consumo de aguas superficiales contaminadas con microorganismos patógenos, que acaban contaminados con el arsénico contenido en los minerales subterráneos, o las campañas de vacunación y de reducción de la mortalidad infantil que acaban teniendo como consecuencia la superpoblación al no reducirse también la natalidad, tradicionalmente alta debido precisamente a esta alta mortalidad infantil.

Una de las causas de todo esto está en la dinámica social. La sociedad es un sistema complejo, como lo puede ser el clima, y una de las características universales de este tipo de sistemas es su impredecibilidad, sobre todo a medio y largo plazo. La interacción de todos los seres humanos, por pequeña que sea, acaba provocando sucesos inesperados que pueden tener una gran repercusión, lo que se conoce como efecto mariposa. No somos robots, y es absurdo suponer que vamos a seguir estrictamente unas normas que a menudo simplemente desconocemos por completo o bien malinterpretamos, y eso solo los que estamos más o menos dispuestos a jugar según las reglas, pues los que no lo están son legión y tienen también una gran influencia en la sociedad.

Unido a esto está nuestra escasa preparación para manejar el tipo de pensamiento complejo necesario para analizar estos sistemas. No podemos planificar la realidad usándola directamente como modelo, ya que está compuesta por demasiados elementos e innumerables interacciones entre ellas, así que creamos modelos teóricos simplificados que esperamos que nos den una aproximación suficiente, lo que generalmente no es cierto. Los modelos económicos, por ejemplo, están plagados de estas simplificaciones. Casi siempre resulta prácticamente imposible darse cuenta de que están hablando de algo en lo que intervienen personas reales. Lo mismo pasa con los programas políticos e incluso con muchos programas más o menos científicos dirigidos a la gestión de la sociedad. Es como en el chiste del borracho, que se va a buscar las llaves que ha perdido a la farola porque allí hay más luz.

Las utopías suenan a música celestial, pero son imposibles
Las utopías suenan a música celestial, pero son imposibles

Por si fuera poco, en cuanto se nos ocurre lo que creemos una gran idea, nos suele entrar un ataque de entusiasmo que nos hace ponernos manos a la obra precipitadamente para obtener resultados inmediatos, el famoso cortoplacismo. Es natural que sea así. El que tiene problemas quiere que se los resuelvan cuanto antes, a nadie le pagan para que resuelva un problema actual dentro de 20 años, y los políticos quieren resultados, o al menos mostrar que están haciendo algo, dentro de la legislatura actual, de cara a obtener una buena posición en las siguientes elecciones.

Otra cuestión que ayuda a mantener nuestra ingenuidad a pleno rendimiento es la observación de que, en el fondo, las cosas funcionan, así que no lo estaremos haciendo tan mal. La sociedad, por mucho que se empeñen algunos, no es una construcción artificial, sino un sistema natural. Todos los sistemas naturales tienen mecanismos de compensación, desarrollados mediante la evolución, para mantenerse en un cierto equilibrio (los que no lo consiguen simplemente se extinguen). Las poblaciones de predadores y presas van oscilando. Si aumenta el número de predadores, disminuye el de las presas, lo que causa a su vez la disminución del número de predadores y el consiguiente aumento nuevamente del de las presas. Nuestro organismo también es un sistema complejo con muchos mecanismos naturales de adaptación y compensación. Podemos cometer excesos o intoxicarnos durante mucho tiempo hasta que aparecen consecuencias graves de salud gracias a estos mecanismos. Con la sociedad sucede algo parecido, los fallos de unos son compensados por otros, porque tenemos un instinto de supervivencia que nos fuerza a ello. Que un plan determinado funcione más o menos bien no quiere decir necesariamente que esté bien planteado, probablemente otros planes alternativos funcionarían también más o menos bien simplemente porque no nos queda otra que seguir funcionando. Esto nos lleva a sobreestimar nuestra capacidad de planificación.

Los avances tecnológicos, por otra parte, hacen que, comparando el presente con el pasado, nos dé la sensación de que estamos avanzando para mejor. Al fin y al cabo, ahora tenemos mejores casas, mejores medios de transporte, mejores medicamentos, y un largo etcétera. Pero también tienen su lado negativo, destruyendo empleo y subiendo el listón necesario para adaptarse a la complejidad creciente de la sociedad, lo que genera un aumento de las desigualdades sociales. Aquí se pone de manifiesto otra característica de nuestra percepción, caracterizada por una simplificación de las cuestiones reduciéndolas a dos aspectos contrarios y centrándonos en uno solo de ellos. Pero el vaso no está medio lleno o medio vacío, sino las dos cosas a la vez.

También tenemos mucha tendencia a externalizar nuestra responsabilidad. Pensamos que basta con cambiar las reglas, y muchas veces también a los demás, para que las cosas funcionen, pero las reglas no son nada sin nosotros. Solo son un mecanismo auxiliar que necesita ser aplicado por personas competentes para conseguir el resultado esperado. Las mejores reglas fracasarán en una sociedad formada por individuos incompetentes para ponerlas en práctica correctamente. Los expertos solo son realmente de utilidad a las personas capaces de entenderlos, por lo que tampoco basta con tener unos cuantos para que las cosas salgan bien. También tendemos a pensar en la colaboración de una manera bastante simplista. No basta con reunir muchas personas para sacar adelante un proyecto. Cien malos albañiles no suman un buen superalbañil. La unión muchas veces solo hace la fuerza bruta. Las interacciones no solo suman o multiplican, también restan y dividen, y muchas veces un pequeño grupo de personas bien preparadas tienen mucho más peso que millones de individuos incompetentes.

El primer paso para reducir el grado de utopía de nuestros proyectos sociales no está por lo tanto en cambiar una y otra vez las reglas o esperar a que algún experto nos saque las castañas del fuego (el famoso “ya se inventarán algo”), sino en la apuesta por el crecimiento personal equilibrado a todos los niveles, incluyendo el intelectual, por supuesto, que es el encargado de organizar el resto de facetas del ser humano. Lo malo es que se trata de un camino complicado, trabajoso y muchas veces con resultados a largo plazo, lo que hace que mucha gente ni siquiera se lo plantee, condicionando este crecimiento a que primero alguien les resuelva sus problemas más acuciantes, como si fuera un favor que les hacemos a los demás en lugar de a nosotros mismos.

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