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viernes, 27 de abril de 2018

Predicción, gestión y riesgo

La incertidumbre acerca de lo que nos depara el futuro ha sido una cuestión central durante toda la historia de la humanidad. Tratamos de sentirnos seguros y esto genera una aversión al riesgo que a veces puede resultar paralizante. Existen dos formas principales de abordar este problema: una es intentar predecir lo que va a pasar, la otra consiste en incrementar nuestra capacidad de gestión.

La predicción del futuro era casi una obsesión en la antigüedad, y muchas veces una cuestión de estado. En la guerra del Peloponeso, cuando los espartanos iniciaban una expedición para arrasar el Ática, lo primero que hacían era observar el vuelo de las aves para intentar obtener buenos augurios para su expedición. En caso contrario, simplemente se daban media vuelta y esperaban una ocasión más propicia. Los romanos tenían unos pollos sagrados a los que daban de comer antes de una batalla para intentar conocer de antemano el resultado en base a su comportamiento. Existían famosos oráculos, como el de Delfos, en Grecia, al que acudían personajes importantes de todo el mundo, cuyas predicciones eran tenidas muy en cuenta a la hora de tomar importantes decisiones.

La obsesión por intentar predecir el futuro estaba unida a la convicción de que esto era posible. Al no existir una verdadera ciencia, el origen de muchos fenómenos naturales era completamente desconocido. Se creía que el origen de los mismos, así como el resultado de nuestras acciones, estaba determinado por la voluntad y la acción de los dioses y otros seres sobrenaturales, y que estos nos enviaban mensajes a través de los pájaros o las vísceras de los animales. Se podía descifrar esta información o hacer que estos seres nos fueran propicios a través de ceremonias como los sacrificios rituales.

En nuestros días, a pesar de que nuestro conocimiento de la Naturaleza se ha incrementado notablemente con el avance de la ciencia y la generalización de la educación a prácticamente toda la población, seguimos en muchas ocasiones obsesionados con la idea de que podemos averiguar lo que va a pasar incluso recurriendo a métodos que muchos calificarían de supercherías y supersticiones. Parece que, cuanto más creemos en la suerte, algo puramente aleatorio, más convencidos estamos de que se puede adivinar el porvenir, lo que no deja de ser una contradicción.

A muchas personas la incertidumbre les causa una gran inquietud, que puede degenerar en una verdadera obsesión por la seguridad. La aversión al riesgo no solo nos protege contra los errores y las pérdidas, también nos impide tomar buenas decisiones y nos hace dejar pasar oportunidades por temores infundados. Incluso en los ámbitos más serios, como el mundo de los negocios y la política, la seguridad viene muchas veces de la mano de las previsiones, incluso aunque estemos acostumbrados a comprobar una y otra vez que las cosas muchas veces no suceden según lo previsto, y a veces se apartan completamente de ello.

Si algo caracteriza a la Naturaleza, y nuestra sociedad y nuestros asuntos forman parte de ella, es la complejidad. Buena parte de los sistemas naturales son sistemas complejos, y existen teorías que nos explican que la dinámica de este tipo de sistemas es, en esencia, impredecible a medio o largo plazo. La teoría de catástrofes, por ejemplo, explica cómo pueden producirse de la noche a la mañana cambios extremos en el comportamiento de un sistema que puede estarse comportando de la forma habitual sin que existan señales aparentes de que se va a producir dicho cambio. La teoría del caos nos muestra cómo un sistema se puede comportar de forma cíclica a nivel global, aunque los sucesos concretos no se repitan nunca exactamente de la misma manera. Todo esto hace pensar que deberíamos reducir nuestro nivel de confianza en el método de las predicciones y buscar otra manera mejor de obtener un nivel de seguridad razonable en nuestras vidas y nuestros proyectos.

La predicción del futuro es un imposible
Pretender predecir el futuro es una quimera

Una lectura muy recomendable sobre estos temas son los libros del autor Nassim Nicholas Taleb: ¿Existe la suerte?, El cisne negro y Antifrágil. Además de ser un investigador, se ha dedicado al mundo de las finanzas, donde está muy arraigada la obsesión por la predicción del futuro. En ellos se trata de desmontar la excesiva confianza que hoy en día se tiene en la estadística y la teoría de las probabilidades como una especie de sustituto científico de los antiguos oráculos.

Pero no todo está perdido a la hora de obtener seguridad con respecto al futuro. Aunque la predicción sea algo imposible en esencia, todavía nos queda un recurso tan poderoso o más que ella: nuestra capacidad de gestión. Nuestra mente es una máquina biológica con una capacidad inmensa para acumular conocimiento, planificar proyectos y generar teorías a partir de lo que ya conocemos, que se pueden generalizar y aplicar con éxito a situaciones con las que nunca antes nos habíamos enfrentado. Nuestra faceta social, además, nos proporciona una alta capacidad para actuar de manera coordinada generando sinergias positivas, es decir, obteniendo mejores resultados que la suma de los que hubiéramos obtenido funcionando por separado.

El problema es que incrementar nuestra capacidad de gestión hasta un nivel realmente positivo tiene un alto coste. Mientras que la predicción del futuro es un acto esencialmente pasivo, convertirse en un buen gestor requiere actuar de manera activa, no solo mediante la obtención de conocimientos, sino también mediante la puesta en práctica de dichos conocimientos. La experiencia es la madre de todas las ciencias.

Pero existen barreras psicológicas que impiden, o al menos dificultan, todo este proceso de aprendizaje. Aunque a la mayoría de la gente no le suele dar problemas el aprender cuestiones prácticas, enfrentarse a la teoría ya es otro cantar. La teoría nos parece tediosa y difícil, y muchas veces no le vemos el sentido a profundizar tanto en las cosas y su por qué cuando ya nos defendemos haciéndolas. Sin embargo, una buena base teórica nos permite entender en profundidad los problemas a los que aplicamos las soluciones prácticas y generalizar nuestros métodos para enfocar otros problemas diferentes. El dominio de la teoría nos permite incrementar nuestra capacidad técnica y nuestra creatividad. El problema es que la educación teórica que recibimos es generalmente muy pasiva y muchas veces aburrida y poco motivadora. Para esto no hay más remedio que volvernos más autónomos y motivarnos nosotros mismos a profundizar en estas cuestiones entrenando nuestra curiosidad mediante el cuestionamiento de nuestra visión del mundo y haciéndonos muchas preguntas sobre por qué las cosas son como son o se hacen como se hacen, además de plantearnos el reto de encontrar nuestras formas particulares de hacerlas.

Otra barrera mental muy importante es la ansiedad que le produce a mucha gente la preocupación por los problemas. Cuando se te hace un mundo imaginarte situaciones problemáticas, lo normal es que simplemente dejes de pensar en ellas, en lugar de tratar de idear posibles formas de encararlas, o, al menos, tratar de averiguar qué es lo que te haría falta saber para poder idear dichas estrategias. La obsesión por el pensamiento positivo puede volverse contra nosotros por este motivo. Se dice que se sufre más en la imaginación que en la realidad. El hecho de que te imagines un problema no quiere decir ni que esté sucediendo ni que vaya a suceder, pero te permite estudiarlo de forma objetiva y completamente a salvo de sus consecuencias. Te puede servir para perder ese rechazo instintivo a los problemas y habituarte a tratar con ellos y encontrar posibles enfoques.

Por lo tanto, mi recomendación es dejar de ir a la echadora de cartas y empezar a prepararse para ser buenos gestores de nuestras vidas, cualesquiera que sean los sucesos que éstas nos deparen. Tener al menos un hobby que nos exija aprender cosas y resolver problemas nos puede ayudar a ser más activos en la vida. Estudiar e interesarse por la mayor cantidad posible de cuestiones es la verdadera apuesta ganadora para, si no garantizar, al menos incrementar nuestras posibilidades de éxito en la vida, además de permitirnos disfrutar más de la misma, por tener una visión más amplia del mundo en que vivimos.

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