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jueves, 09 de noviembre de 2017

Mente, salud y no-ciencia

Buena parte de las enfermedades y trastornos que sufrimos tienen un origen físico conocido y descrito científicamente. Esto es algo que está claro en la gran mayoría de las infecciones o intoxicaciones causadas por agentes externos al organismo. También se ha avanzado mucho en los campos de la genética y la epigenética para encontrar las causas y los mecanismos de innumerables enfermedades. Cada vez tenemos mejores tratamientos y medicamentos debidos a todos estos avances.

La mente y su estado tienen influencia en nuestra salud
La mente y su estado tienen influencia en nuestra salud

Sin embargo, la ciencia no tiene una respuesta satisfactoria para todo, al menos de momento. Se cree que algunas de estas enfermedades o trastornos tienen un origen psicosomático, es decir, se desarrollan a partir o ayudados por nuestros procesos mentales. A pesar de los avances en campos como la neurociencia, la mente sigue siendo en esencia un misterio para nosotros, incluida la ciencia.

Pero, al igual que los procesos mentales pueden ayudarnos a enfermar o a presentar síntomas espurios, también parece claro que, en ocasiones, también puede producir el efecto contrario, es decir, ayudarnos a sanar, o al menos a reducir la gravedad de muchos de los síntomas, incluso a eliminarlos por completo. Podría pensarse que la mente es una especie de procesador del estado de nuestro cuerpo junto con el de nuestro entorno, incluidas las experiencias vitales, que de alguna manera devuelve al organismo una serie de instrucciones que se traducen en procesos fisiológicos, como ya comenté en otro artículo sobre la consciencia y las células.

De este modo, nos encontramos con el llamado efecto placebo, un término científico que se refiere a la mejoría o incluso curación experimentada mediante la administración de sustancias que no actúan en modo alguno sobre el organismo. También se produce este efecto mediante la aplicación de prácticas que no implican la toma de ninguna sustancia. Podéis leer más sobre esto en el libro Mala ciencia, de Ben Goldacre. El efecto placebo es tan importante que se toma como referencia en los estudios sobre la efectividad de los medicamentos.

El gran desarrollo experimentado por la industria de los medicamentos tiene también un efecto negativo que provoca la sobremedicación de algunas personas. Es bastante normal que uno sienta que el médico no está tomándose en serio su problema si no sale de la consulta con alguna receta en la mano. En la medicina convencional, se considera poco ético administrar placebo a los pacientes, excepto quizás en los casos en los que el médico está convencido de que no existe ninguna causa física para la enfermedad. Esto es así porque tenemos la tendencia, a veces absurda, de juzgar la bondad o maldad de los actos según criterios morales, donde las intenciones, y no las consecuencias, son las que determinan nuestro juicio. Si una persona salva la vida a otra cuando en realidad pretendía matarla, consideraremos el acto como un intento de asesinato, no como algo loable. De este modo, el conocimiento que tiene un médico sobre las enfermedades y los tratamientos hace que administrar un placebo a un enfermo, aunque funcione, no sea ético.

Está claro que el mero hecho de ponerle nombre a un fenómeno no implica conocer sus orígenes y funcionamiento. El efecto placebo no funciona del mismo modo en todas las personas. Suele afectar a alrededor de un 35% de los sujetos en un experimento, pero para una misma persona esto puede depender simplemente del color o la forma de la pastilla. Si este efecto se debe a la acción de mecanismos autocurativos de nuestro organismo que se desencadenan por procesos psicológicos, está claro que nuestra personalidad y nuestras creencias afectarán a la efectividad de uno u otro método, por lo que podría decirse que funciona para todo el mundo, pero las vías por las que se activan estos mecanismos presentan una gran variabilidad.

Administrar una pastilla azucarada o una inyección de suero fisiológico en realidad forma parte de una especie de ritual inofensivo entre personas. Creo que esto es lo más importante de todo, y los falsos medicamentos no son más que meros instrumentos en esta especie de ceremonia. La humanidad ha venido celebrando este tipo de actos desde el principio de los tiempos, mucho antes de que se desarrollara una verdadera medicina científica. Lo importante es la empatía que se produce en estas interacciones entre personas. El paciente siente que alguien le está ayudando con sus problemas. El estado de su mente cambia, aumenta su confianza y esto reduce el estrés y la ansiedad, sus sentimientos de soledad y desesperación reducen su intensidad, lo que seguramente redunda en última instancia en cambios en los equilibrios químicos de su cuerpo, que pueden volver a estabilizarse, al menos en parte.

En realidad, ni siquiera es necesaria la administración de ningún producto. Una ceremonia religiosa, una sesión de reiki o de acupuntura, constituyen ejemplos de interacciones entre personas en las que no media ningún tipo de sustancia. Incluso basta en ocasiones con la creencia en que uno puede interactuar con algún tipo de entidad sobrenatural. Uno puede tanto enfermar simplemente por la creencia de que está poseído por los “malos espíritus” como sanar o mejorar por tener una gran fe en la Virgen de Lourdes. Desde una perspectiva científica, podemos no creer en las explicaciones que se suelen dar a todas estas cosas por las personas que las practican, pero estas forman parte del ritual sanador. La gente necesita explicarse las cosas de alguna manera. Del mismo modo que una pastilla morada nos puede hacer más efecto que una amarilla, una explicación o creencia nos puede ayudar más que otra o que no tener ninguna. Todo forma parte de un proceso psicológico que, de momento, no conocemos a fondo.

Actualmente, la ciencia se ha fijado por ejemplo en los efectos beneficiosos de la meditación. Existen congresos en los que se reúnen científicos con monjes budistas para intercambiar conocimientos sobre esta práctica, y se realizan estudios científicos con expertos en meditación para tratar de entender dichos efectos. Pero también existe una actitud, en mi opinión muy poco científica, contraria a muchas de las prácticas no científicas y muchas veces son atacadas de manera furibunda. Por un lado, la gran competencia que existe en el mundo científica hace que todos se quieran separar claramente de estas prácticas, que consideran que pueden desprestigiarlos por la mala prensa que tienen. La otra cara de la moneda es la pseudociencia, el tratar de utilizar explicaciones con apariencia torpemente científica, que son consideradas un acto de intrusismo que solo puede entenderse como un intento de engañar a la gente con el fin de lucrarse, lo cual solo puede verse como un acto antiético. Un ejemplo claro de esto es la homeopatía. El afán de presentarlo como una práctica médica más, unido al alto precio de estos productos, provoca un fuerte rechazo y campañas orientadas incluso a su prohibición. Pero incluso el alto precio de un supuesto remedio puede bastar para desencadenar el efecto placebo. Siempre han existido caraduras que han intentado aprovecharse de la confianza del prójimo para lucrarse, incluso aunque esto pueda tener consecuencias graves en su estado de salud, pero no se deberían meter todas las prácticas en el mismo saco, desaprovechando la posibilidad de contar con terapias no invasivas que pueden apoyar la mejoría o incluso la curación de los pacientes, junto con las prácticas de la medicina oficial, ayudando quizás a evitar en muchas ocasiones la sobremedicación.

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