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viernes, 13 de abril de 2018

Educando rebeldes

La idea de usar la educación para cambiar el mundo hacia uno mejor es un lugar común que podemos encontrar a lo largo de todo el espectro ideológico. Los métodos van desde el adoctrinamiento para conseguir una utópica uniformidad de pensamiento, como en la Alemania nazi, hasta el cuestionamiento de todo lo establecido mediante el fomento del pensamiento crítico.

El adoctrinamiento parece una buena idea para muchos, incluso en sociedades democráticas. Se inculcan unas ideas determinadas junto con el miedo a disentir de la opinión de la mayoría, aprovechando la tendencia del ser humano a hacer o pensar lo que hacen o piensan las personas que le rodean, pero el caso es que la cosa no acaba de funcionar. La pretensión del pensamiento único es quizás tan antigua como la humanidad, pero una y otra vez las sociedades autoritarias acaban fracasando. A medida que crece el poder lo hace también la corrupción, lo que debilita y deslegitima el liderazgo, aparecen nuevas ideas y descubrimientos que hacen que las nuevas generaciones se cuestionen algunos principios fundamentales, lo que a su vez provoca que la educación de los hijos se relaje y se aparte de las doctrinas oficiales. Mucha gente acaba sintiéndose oprimida y, cuando el sistema se debilita lo suficiente, acaban rebelándose contra el mismo con posibilidades de éxito. Cambios de este tipo se han producido, por ejemplo, en el siglo pasado en los locos años 20 o en la década de los 60. El autoritarismo parece conseguir siempre más bien lo contrario de lo que pretende.

El caso es que parecen existir tres tipos de personas, aunque en diferentes grados, las sumisas, de las cuales resulta fácil conseguir la obediencia, las dominantes, a las que muchas veces es imposible doblegar, pero que quieren doblegar a los demás y las que ni son sumisas ni dominantes, sino que pretenden vivir una vida autónoma y libre (lo que no significa aislada de los demás), los individualistas. No sé si esto es fruto de la educación recibida por cada uno o si es una característica intrínseca de la personalidad, pero la cuestión es que las primeras son buenas para adoctrinarlas pero no para colaborar en el adoctrinamiento, las segundas suelen tener sus propias metas y, o bien resulta muy caro ponerlos de parte del poder, o bien luchan por el mismo para ser ellos los que controlen la sociedad. El tercer grupo es el que quizás constituye el mayor quebradero de cabeza de las sociedades autoritarias, pues de él suelen salir los auténticos rebeldes capaces de cambiar el sistema.

Cuando el poder está lo suficientemente debilitado, los rebeldes suelen tener éxito a la hora de cambiar las cosas, aunque no siempre de manera inmediata. La rebeldía se presenta en muchas formas, tenemos el cuestionamiento ilustrado de ideas, como es por ejemplo el caso de Galileo Galilei o el de muchos artistas o grandes escritores, la actividad revolucionaria, que considero que ha causado más males que beneficios, y que suele acabar dirigida por personas dominantes incluso cuando la inician personas más bien liberales. También existe un tipo de rebelde anónimo que podemos encontrar en movimientos como el punk o el rock and roll, cuyo lado negativo suele ser el consumo de alcohol y drogas y los actos de vandalismo, pero que también contribuye bastante al cambio social.

Dada la marcada tendencia que tiene el ser humano a manipular, someter y aprovecharse del prójimo, causada por la codicia, la envidia, el ansia de poder y otros muchos vicios, y dado también que a las personas dominantes, aun siendo menos, no les resulta difícil imponerse sobre las sumisas, la actitud rebelde es la contrapartida natural que permite como mínimo equilibrar el poder en la sociedad. Pero la rebeldía no tiene siempre efectos positivos ni está dirigida siempre hacia la consecución de la libertad y la felicidad. Actualmente consideramos la democracia como el mejor sistema político, como se pone de manifiesto en numerosos escritos, como el famoso ensayo ¿El fin de la historia? de Francis Fukuyama, pero lo cierto es que todos los sistemas acaban reflejando los vicios de las personas que los componen y la democracia no es inmune a esto, lo que puede llevar a una rebeldía de signo antiliberal contra ella, como ha sucedido muchas veces en el pasado.

La rebeldía puede ser un activo
La rebeldía puede ser un activo social

En cualquier caso, la rebeldía constituye un activo importante en las sociedades liberales y por ello es necesario educar rebeldes, tanto para cambiar las cosas en la buena dirección como para oponerse a los cambios en la mala. Resulta presuntuoso definir cuál es la buena y cuál es la mala dirección, pero, en mi caso, siendo individualista, la buena es aquella que maximiza la libertad, igualdad y autonomía del individuo, así como su independencia. No se trata de financiarle a cada uno su estilo de vida preferido, sino de hacerlo posible mediante el trabajo y el desarrollo personal apropiado de cada uno.

Pero educar en la rebeldía parece un contrasentido. Estamos acostumbrados a un sistema educativo basado en la obediencia, con máximas como para aprender a mandar hay que aprender a obedecer. Aunque las cosas parece que van cambiando poco a poco, lo hacen más bien dirigiéndose hacia la consecución de la felicidad y la autorrealización que hacia la rebeldía, que exige también una cierta dosis de agresividad bien entendida. Las personas amables y felices están muy bien para un mundo perfecto en el que las personas pueden vivir en armonía, pero eso no las capacita necesariamente para oponerse con éxito al autoritarismo y la opresión. De hecho, inculcar valores, por buenos que nos parezcan, también puede verse como una forma de autoritarismo. Precisamente muchas de las personas que fracasan en el sistema educativo tienen un carácter rebelde que podría hacer de ellos unos buenos fichajes para el cambio social, pero su valor se malogra al convertirse en unos perdedores o incluso en simples delincuentes.

La gente común suele ser bastante tradicional, y en las sociedades democráticas, la tradición rebelde está basada en las protestas y manifestaciones. Pero exigir a otros que cambien las cosas no es igual que trabajar para cambiarlas uno mismo. Es cierto que existen organizaciones que trabajan activamente para acabar con, o al menos reducir cuestiones que nos parecen injustas como la pobreza y la desigualdad, pero también lo es que existen indicios de que, a pesar de ello, la desigualdad va en aumento incluso en las sociedades más avanzadas. Los que ostentan el poder suelen adaptarse más rápidamente a las circunstancias que el resto (por eso están ahí, entre otras cosas), y hoy día existe bastante polémica sobre el uso con fines económicos de estas organizaciones y proyectos y no es raro que las protestas y el activismo social se manipulen con fines políticos torticeros.

La formación y el conocimiento son fundamentales para que uno se capacite para cambiar las cosas por sí mismo o en colaboración con otras personas también bien preparadas, pero no generan necesariamente personas rebeldes. De hecho, ni siquiera tiene por qué generar buenas personas. La educación es un pilar básico para conseguir la libertad, pero la personalidad necesaria para rebelarse con éxito, así como la escala de valores propia, es algo que se forja en el interior de cada uno, e intentar conducirlo desde fuera puede resultar más perjudicial que beneficioso. Debemos promover la idea de que el conocimiento te hace más fuerte al proporcionarte recursos para enfrentarte a los problemas de la vida, fomentar la autonomía del individuo, el autoconocimiento y el desarrollo personal, pero no hay que perder de vista que las muestras de rebeldía pueden indicar una incipiente personalidad beneficiosa para el cambio social. En lugar de limitarnos a intentar cortarlas de raíz sin más ni más, pueden ser aprovechadas para motivar el aprender a ganarte las cosas que quieres conseguir utilizando tus recursos y tu esfuerzo personal.

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