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viernes, 10 de mayo de 2019

El mito de los pueblos

La especie humana es marcadamente social, como lo son nuestros parientes más cercanos, los monos y los simios. Como muchos de ellos, también tiene una tendencia muy marcada a establecer jerarquías, lo que ha dado lugar a muchos mitos relacionados con los colectivos. Un mito es un punto de vista idealizado sobre algo que persiste incluso cuando está claro que ese algo no es realmente como lo pretendemos ver, o bien no somos capaces de hacer que lo sea. Que la humanidad está dividida en diferentes pueblos es uno de ellos.

Como todo lo que pretendemos colar como algo establecido por naturaleza, los pueblos tienen sus raíces en la antigüedad más remota, a ser posible antes de que existan registros históricos. Para justificar su existencia, existen muchas formas de caracterizarlos, que se pueden combinar entre ellas: descender de un patriarca común, ser los elegidos de un determinado dios o tener una religión común, haber colonizado y habitado un determinado territorio, tener enemigos comunes y en general presentar cualquier rasgo físico o tener alguna costumbre o ritual ancestral compartido. También se pueden formar los pueblos por la unificación de unidades más pequeñas, como las tribus, mediante la intervención de héroes y líderes que también son muchas veces mitológicos, bien porque están idealizados o bien porque ni siquiera han existido realmente.

Todo esto puede tener muchos objetivos, pero, si nos quedamos con uno de los pocos que pueden considerarse honestos, la finalidad buscada es la colaboración de un grupo grande de personas en un proyecto de largo plazo que aumente la prosperidad de todos. En la antigüedad, el número de personas participantes y el grado de compromiso con el proyecto eran esenciales para su viabilidad, puesto que el mundo no era precisamente pacífico, y existían, como existirán siempre, grupos de personas cuya forma de ganarse la vida consiste en esperar a que se la ganen otros para después hacerse con lo ganado; tampoco se andaban con muchas contemplaciones a la hora de conseguir trabajadores, tierras, cosechas, ganado o mujeres (las mujeres no han tenido precisamente un estatus social muy superior al del ganado a lo largo de la historia), así que había que defenderse fieramente de las agresiones externas, a la vez que había que quitarles al resto de pueblos lo que en realidad le correspondía al tuyo, que era una de las fórmulas habituales para aumentar la riqueza y la prosperidad buscadas.

Así pues, era necesario homogeneizar al máximo el propio colectivo, para evitar conflictos y disensiones internas, hermanarlo alrededor de una idea que hiciese innecesario que todo el mundo tuviera relaciones personales estrechas (algo imposible cuando el número de personas es grande), a la vez que diferenciarse máximamente de los otros pueblos, a los que posiblemente tendrías que terminar esclavizando o simplemente exterminando, si no lo hacían antes ellos contigo.

Lo cierto es que esto de sentirnos superiores a los demás nos encanta, también darnos importancia considerándonos portadores de una verdad o elegidos para una misión trascendental, o simplemente tener buenas razones para justificar lo que de otro modo serían simples abusos, así que nos adherimos con entusiasmo a este tipo de proyectos, elaboramos explicaciones altisonantes sobre por qué las cosas son como son y se las inculcamos a nuestros hijos para que no tengan ni siquiera que reflexionar sobre el tema (y no se atrevan tampoco). Para los líderes también es un negocio redondo, ya que la mayoría de la gente no tiene grandes dotes organizativas, así que estos proyectos necesitan siempre de unos dirigentes, normalmente pocos, que administren las ideas y rituales al resto, de manera que se mantengan en el tiempo con los menos cambios posibles y sigan siendo comunes, ya que la tendencia es siempre a acabar haciendo cada uno sólo las cosas que más le gustan y de la forma que menos trabajo le cuesta, o de otra cualquiera que te inventes porque te parece mejor.

Al igual que los simios, en nuestra especie existen los individuos alfa (los que tienen capacidad de mandar y mandan) y los beta (el resto). Esto es lo que origina la existencia de las élites. En realidad, el modelo es más complicado, ya que dentro de los beta existe también de nuevo una subdivisión entre otro subgrupo de alfas y otro de betas, y así sucesivamente. Mandar es otra cosa que nos gusta más que a un tonto una tiza. No solo te permite tener más que los que tienes por debajo, y además de forma justificada, sino que compensa de alguna manera el tener a alguien por encima que a su vez te está mandando a ti y tiene más que tú. Todos ganan algo, excepto quizás los de más abajo.

El mito de los pueblos queda un poco primitivo hoy en día
El mito de los pueblos queda un poco primitivo hoy en día

Podría pensarse que me estoy refiriendo a una antigüedad muy remota, pero lo cierto es que las consecuencias de esta forma de proceder para formar colectivos cohesionados, con miembros que tengan al menos una razón de peso para colaborar entre sí que no requiera de muchas luces, se dejan notar todavía en nuestros días.

Los proyectos que incluyen poder y riqueza, por muy bien intencionados que sean sus promotores, siempre atraen a un montón de indeseables que ven una oportunidad de oro en llegar a controlar el asunto, y el caso es que, tarde o temprano, acaban llegando a participar en el control algunos de ellos, por lo que todos los sistemas acaban más o menos podridos con el tiempo y generan gran cantidad de efectos indeseables. Podemos citar el racismo, el machismo, la homofobia, los pogromos, los genocidios, el gulag, el holocausto, la inquisición, la esclavitud y todos los males colectivos que se nos ocurran, porque todos vienen de alguna de estas ideas “civilizadoras” que unen a un grupo de gente a costa de escabechar a otro. Como no sé valorar en cifras las cosas buenas que se supone que también tienen, ni tampoco las malas, para hacer una simple resta a ver si compensa, ni tampoco disponemos de pasados alternativos para hacer estadísticas sobre mundos mejores y peores, me tengo que conformar con pensar, probablemente con cierto sesgo personal, que no debo precisamente agradecimiento a los desvelos de mis ancestros para sacar adelante el mundo; como mucho, lo dejamos en lo comido por lo servido.

Pero tampoco es cuestión de reprocharle a la gente del pasado lo que hicieron o dejaron de hacer, porque nosotros no estábamos allí para presentar una alternativa ni vivimos en las mismas circunstancias en las que vivían ellos. De hecho, nuestro mundo actual, en su mayor parte, es bastante más seguro y menos violento que el mundo del pasado, como explican con datos algunos autores como Steven Pinker (En defensa de la ilustración, Los ángeles que llevamos dentro) o Hans Rosling (Factfulness), por lo que quizás hemos crecido en un entorno que nos hace especialmente sensibles a la violencia y no entendemos demasiado bien las cosas.

Lo que sí que cabe preguntarse es hasta qué punto resulta conveniente mantener este tipo de ideología, en la medida en que hoy día siga existiendo, o si no nos saldría más a cuenta hacerla definitivamente a un lado y empezar a buscar razones serias para colaborar unos con otros y llevarnos bien, en lugar de aferrarnos a cuestiones como la raza, la religión, el lugar de nacimiento, el sexo, la orientación sexual, la clase social, la forma de vestir o incluso las ideas políticas, si las ideas políticas van a ser lo que son hoy en día, más o menos un refrito de todo lo que citado anteriormente. No digo esto en el sentido en que lo dicen algunos, como una especie de piolín de peluche acaramelado; la cuestión es altamente difícil, porque estamos altamente contaminados por todos estos resabios ancestrales y es más fácil encontrar motivos para pelearnos con el prójimo que para ser amigos suyos. Tampoco ayuda el alto grado de incultura reinante, derivado por un lado de una idea antañona de lo que debe ser una educación como dios manda, por otro de una idea moderna y altamente ingenua de lo que podemos hacer con buenas ideas, buena voluntad, y escaso o ningún conocimiento de cómo implementarlas, y todo ello sumado a la cada vez más extrema complejidad del mundo en el que vivimos, dónde tener un master universitario equivale profesionalmente, en muchos casos, al bachillerato de hace solo unos años.

Personalmente, creo que, con todo lo que se nos viene encima, deberíamos empezar a dejarnos de estas tonterías de los pueblos y las uniones que hacen la fuerza por arte de birlibirloque, y empezar a tomarnos en serio la realidad, aprender a adaptarnos de verdad al mundo en qué vivimos y reservar, al menos para las cuestiones de trabajo y de política, una zona esterilizada libre de mandangas místicas en la que podamos ser más eficaces y técnicos en la gestión de los grandes problemas que tenemos en cartera. Para dejar correr libremente nuestra faceta emocional disponemos de un mundo de instalaciones dedicadas a ello que podemos utilizar al salir del trabajo, como los bares, los cines, los estadios, las iglesias o los mítines.

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